Venezuela: la difícil ruta a la civilidad

Venezuela: la difícil ruta a la civilidad

Perdió, pero el excandidato Henrique Capriles logró moderar la agresiva arena política venezolana. ¿Cuánto durará?

Por: Témoris Greckochave | Fecha: 21/11/12

Venezuela es un ejemplo de incivilidad política y de polarización extrema. El presidente Hugo Chávez y sus seguidores desprecian y humillan a los opositores, y éstos desprecian y, si pudieran, humillarían a sus contrarios. Es el poder, obviamente, lo que desequilibra la relación: medios y periodistas no afines insultan y calumnian al chavismo, que a su vez responde insultándolos, calumniándolos y -valor agregado- cerrándolos y encarcelándolos.

 

El gran aporte de Henrique Capriles, el candidato que reconoció su derrota de 44 por ciento frente a 55 por ciento de Chávez, fue darle a su frente opositor un poco de civilidad política. Capriles entendió que las tensiones benefician al presidente: enfrentar a una oposición iracunda facilita forzar el cierre de filas dentro del chavismo, arrinconar la disidencia interna, condenar a los neutrales, incrementar la presencia paternalista del caudillo. Y justifica, o se usa para tratar de justificar, la utilización de todos los recursos al alcance -y en este caso, al alcance están los recursos del Estado- para enfrentar al enemigo vociferante.

 

Enemigo que, por más que muestre los dientes, está en gran desventaja. Por eso era necesario cambiar la lógica de rivalidad a ultranza para ofrecer una alternativa de cambio tranquila, que no hiciera que los chavistas y otros sectores temieran -en caso de una victoria opositora- una cacería de brujas ni un desmantelamiento a tierra arrasada de la obra del presidente.

 

El discurso opositor tradicional negaba cualquier aspecto positivo del chavismo. Eso pudo ser útil en el extranjero, donde la diáspora venezolana estaba dispuesto a recibirlo acríticamente, pero no dentro del país, donde viven los beneficiarios: entre 1999 y 2011, el desempleo cayó del 14.5 por ciento al 7.6 por ciento, el pib por persona subió de 4,105 a 10,801 dólares anuales, la pobreza extrema se redujo del 23.4 por ciento al 8.5 por ciento de la población, y la mortalidad infantil descendió de 20 a 13 por mil nacidos vivos, según cifras de la Comisión Económica para América Latina y el Caribe (cepal).

 

Sí hay datos negativos, como que la inflación subió del 23.6 por ciento al 31.6 por ciento y que la violencia se elevó de 25 a 45 homicidios por cada 100 mil habitantes.

 

El panorama, por lo tanto, es de claroscuros, en contraste con lo que trata de pintar cada bando. Y se dibuja, hay que decirlo, sobre un pasado inmediato que no era mejor: el chavismo surge como producto de un hondo descontento social con un sistema controlado por una oligarquía bipartidista, en el que el saqueo de los recursos de la nación era la norma y la población apenas recibía beneficios del petróleo. Varias figuras de aquella élite destronada habían predominado en la oposición, restándole credibilidad y autoridad moral. ¿Cómo es que los que criticaban a Chávez eran los mismos que llevaron al país al caos?

 

Capriles los marginó tanto a ellos como al discurso terco y extremista, y combinó el reconocimiento de la obra de su rival con la afirmación de que era necesario hacer cambios. Esto le abrió puertas hacia sectores que antes caían en el campo chavista por default, porque la radicalidad opositora los negaba o asustaba. El joven candidato hizo campaña con éxito en barriadas urbanas y pueblos a los que nadie había logrado entrar. E iluminó así un camino: la incivilidad y el divisionismo pueden rendir réditos políticos en el corto plazo, pero a la larga amenazan la estabilidad del país. Una Venezuela en permanente crispación arriesga un desenlace traumático.

 

Incluso Chávez pareció aprender algo de la lección cívica de Capriles. Después de haberlo llamado "fascista" y "cerdo", el presidente respondió al reconocimiento de su victoria con lo que describió como "una llamada placentera" a su rival. Esto permite esperar que recorran juntos la ruta hacia una convivencia más respetuosa y democrática, que eventualmente permita transiciones políticas amigables.

 

No es nada fácil, claro está. Los líderes de la vieja oligarquía pre-chavista y las voces más agresivas de la oposición, que se subordinaron a Capriles en aras de obtener una victoria electoral, tendrán pocas razones para seguirlo tras la derrota. Y Chávez? bueno, genio y figura. Al día siguiente de las elecciones y de su fraterno intercambio telefónico, recuperó el estilo y proclamó que "no vine aquí a subordinarme a la burguesía". No le quiten lo suyo, que es provocar.

 

 


 

UN PRESIDENTE MADURO

Muchos pensaron que Hugo Chávez no llegaría vivo a la cita electoral de este año. En junio de 2011, su canciller, Nicolás Maduro, informó que el presidente había sido operado de emergencia en Cuba para extirparle un tumor maligno. Desde entonces, Chávez insiste en que está bien y que podrá cumplir su promesa/amenaza de gobernar hasta 2031. Consiguió recuperarse, en efecto, para realizar una campaña decente. En cambio, no ha respaldado su dicho con informes médicos.

Por si las malas, Chávez ya ha preparado su sucesión: el primer paso fue obtener la victoria. En caso de faltar y de acuerdo con lo que dicta la ley, lo reemplazará quien él elija. El segundo fue elegir a alguien y fue el mismo Maduro, un antiguo chofer de autobús y líder sindical de 50 años de edad, ministro de Exteriores desde 2006, a quien designó vicepresidente ejecutivo el 11 de octubre. Sus compañeros lo ven como un tipo moderado y carismático. En comparación con los chavistas radicales, un Maduro presidente podría ser más capaz de tender importantes puentes de diálogo con la oposición.

 

 

 

 

 

 


 

NI POR LAS BUENAS, NI POR LAS MALAS

"Para saber ganar hay que saber perder": con esta frase, Henrique Capriles reconoció su derrota frente a Hugo Chávez. Esto, a pesar de que la competencia había sido sumamente desigual: en periodo de campañas, el gobierno incrementó los subsidios y lanzó un gran programa de vivienda pública barata; el presidente llenó radio y televisión con anuncios sobre sus logros. En cambio, la legislación electoral obligó a Capriles a transmitir no más de tres minutos al día.

Esto marca un contraste con lo ocurrido pocos meses antes, en otro gran país latinoamericano, donde a una  contienda sumamente inequitativa, el principal candidato opositor desconoció el triunfo de su rival. Esta actitud, que también tuvo seis años atrás, le ha servido de poco y las reglas de la democracia que

permitieron tales distorsiones siguen vigentes. ¿Será más efectiva la postura de Capriles? Es de dudarse. Chávez seguirá sin dar oportunidad a la oposición. Pero ambas naciones tienen sistemas políticos que parecen irreformables. Ni por las buenas, ni por las malas.