James Bond: corregido y aumentado

James Bond: corregido y aumentado

La supremacía de Daniel Craig parece que superará hasta las expectativas más altas con Skyfall. Entrevistamos al mejor 007 desde Sean Connery.

Por Alex Bilmes | Fecha: 11/09/14

 

Un asesino patrocinado por el gobierno, de mirada fulminante, solemne  y despiadado: el James Bond de Daniel Craig es la interpretación más exitosa del agente secreto desde que Sean Connery se retiró con todo y su peludo pecho. La actuación de Craig es potente y comprometida. Su Bond es duro, "un objeto contundente", como lo describe su jefa interpretada por Judy Dench, haciendo eco de una descripción que utilizó su creador, Ian Fleming, 50 años atrás. Es despiadado e implacable, pero sus ojos lo delatan: es capaz de amar y sufrir. A diferencia de sus predecesores, si lo hieren, sangrará en la escena siguiente, incluso en la secuela. Es muy diferente al estirado y sarcástico Pierce Brosnan.

 

Me reuní con Craig para entrevistarlo en un pub en el norte de Londres, que se mantuvo cerrado durante la sesión de fotos para Esquire. Después de la sesión nos tomamos una cerveza, muy merecida para él tras la intensa filmación de Skyfall, su tercera película como James Bond. Ya había entrevistado a Craig en otra ocasión y me lo había encontrado varias veces. En un primer encuentro puede ser arisco y callado, pero no se anda con rodeos y eso se agradece. Después de varias reuniones con él, puedo decir que es buena compañía, un gran conversador si está de buenas y alguien con un sentido del humor agudo.

 

Desde mi punto de vista, Craig detesta (y no creo que esté usando una palabra muy fuerte) hablar con la prensa sobre su vida privada. A decir verdad, tampoco le gusta hablar sobre su vida profesional. Pasar una hora analizando su carrera en compañía de un periodista no es su idea de un buen rato. Además, está consciente de que cualquier actor que detalle sus técnicas actorales en público es un pedante autocomplaciente, y no quiere que lo tachen de egocéntrico.

 

"Me conoces", dice Craig en algún momento de la conversación, cuando tocamos el tema del glamour y el privilegio que acompañan al éxito y a su estatus de celebridad. "No soy así". Y le creo.

 

Su historia, como me la ha contado a mí y a otros, no tiene complicaciones: el joven graduado de la carrera de actuación se labra un camino en el teatro, la televisión y el cine independiente. Se da a conocer como un actor que interpreta a personajes intensos, y luego consigue el papel que lo convierte en súper estrella. Otros detalles: edad, 44. Tiene una hija de su primer matrimonio. Se acaba de casar nuevamente, ahora con la actriz Rachel Weisz. Vive entre Londres y Nueva York. Es un gran lector, es de tendencia de izquierda y ve muchos deportes en la tv. Pero ya sabemos esto porque no es la primera vez que Craig posa para la portada de Esquire.

 

Así que nos enfocaremos en James Bond, porque además de ser divertido, al hacerlo Craig revela algunas de sus percepciones sobre lo que significó para un hombre reflexivo y con inquietudes artísticas, que creció en un ambiente humilde a las afueras de Liverpool, convertirse en la encarnación contemporánea de la figura masculina de fantasía por excelencia.

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En 2005, se anunció que Daniel Craig sería el próximo James Bond. Las primeras reacciones entre los fans de las películas fueron variadas, por decirlo suavemente. Pero Casino Royale (2006), su primera cinta como el 007, fue un éxito. Significó un regreso, por primera vez después de mucho tiempo, a los orígenes de Bond, pues fue una adaptación fidedigna de la novela de Fleming. La historia gira en torno de un juego de póker importante y del romance entre Bond y Vesper Lynd, un personaje condenado desde el principio. Eva Green (Vesper) ha sido la mejor chica Bond en años.

 

Casino Royale le devolvió el sexo y el peligro a la serie con mayor tradición en el cine. También le concedió seriedad y honestidad: Craig es el actor menos frívolo que ha interpretado a Bond. Y músculos: el Bond de Craig es un galán británico de exportación. La ahora legendaria secuencia en traje de baño, una reinterpretación de la escena de Ursula Andress en Dr. No (1962), le aseguró la misma popularidad entre las mujeres que todos los Bond han disfrutado. Casino Royale fue merecedora de un premio Bafta (los Oscar ingleses), estuvo nominada a otros ocho, incluyendo Mejor actor, y recaudó casi 600 millones de dólares en taquilla, un récord. Craig tiene razón en estar orgulloso de la película y de su éxito, pero su transición de consentido del cine independiente a ídolo de Hollywood fue difícil.

 

"Para ser honesto, me asombró", dice acerca de la experiencia de convertirse en Bond y todo el bombo y platillo que la acompañan. "Me sacudieron por completo y me obligaron a ver el mundo de otra forma. Me cambiaron la vida".

 

¿Cómo es esto? "Me confundió mucho", responde. "La fama y la fortuna son, a falta de una mejor palabra, escalofriantes. Mis orígenes no son privilegiados, por lo que no conozco a mucha gente a la que podría haberle pedido consejos para [lidiar con] ello".

 

Habría pensado que cualquiera que se convierta en una mega estrella podría pedirle consejos a otra mega estrella, pero la reticencia natural de Craig no se lo hubiera permitido. "Mi orgullo hubiera descartado esa opción", responde.

 

¿Entonces no disfrutó su primera ola de fama mundial? "No me parecía divertido", dice. "No soy muy materialista. Es decir, me gustan las cosas bonitas, pero también le pongo atención a lo que sucede en mi cabeza. Así que procurar mantenerme cuerdo ha sido?". Se distrae. "Hay una expresión muy precisa: 'conocerse a uno mismo'. Creo que dejé de conocerme a mí mismo durante un par de años y tuve que volver a encontrar el camino".

 

Este periodo de angustia e incertidumbre existencial duró bastante. Sin embargo, Craig no pretende causar lástima, sólo cuenta los hechos. Fue hasta que terminó las primeras dos entregas de Bond que empezó a aceptar su nueva situación y a disfrutar de su posición, aunque esta súbita prosperidad le seguía pareciendo extraña.

 

Filmar Skyfall "me recordó por qué me dedico a esto. Hice muchas películas antes de las de Bond porque me interesaba trabajar con [ciertos] directores, buscaba guiones interesantes. Me importaba una mierda la opinión de la gente".

 

Recuerda una reseña devastadora escrita por el difunto crítico de cine Alexander Walker en el diario Evening Standard a propósito de la cinta de 1998, Love is the Devil, sobre la vida del artista Francis Bacon. "Que dios lo bendiga, pero era una página llena de odio. Y en otro periódico le dedicaban una reseña muy afectuosa. Decidí tomármelo mejor: polarizamos la opinión pública, pero provocamos reacciones".

 

Bond es punto y aparte. "Las películas de Bond dependen por completo de su popularidad. Te obligan a ponerle atención a la opinión de la gente. Tengo un interés profundo [en las películas]. Las tengo en mente todo el tiempo: si no recaudan dinero, nos jodemos. Así que existe este tipo de presión que representa un enemigo para cualquier arte, sobre todo para la actuación", dice.

 

"Si te preocupa la opinión de la gente, entonces te pones nervioso. ¡Pero Bond no puede estar nervioso! La gente te quiere ver relajado y disfrutando. Quieren ver a un hombre que se deleita con el temor, la champaña, los martinis y una mujer hermosa al lado".

 

Pero sobre todo quieren ver al actor en el papel de Bond divirtiéndose. "Estoy de acuerdo. No quieren verlo sufrir, lamentándose por la vida que le ha tocado. No puedes hacer eso. Tienes que aparentar seguridad, que te la pasas bien".

 

Le costó trabajo aparentar que la estaba pasando bien en Quantum of Solace, secuela de Casino Royale, que se estrenó en 2008. No hubiera sido apropiado: Bond estaba desconcertado y afligido. Tampoco hubiera sido posible dadas las dificultades de la producción.

 

Se trata de un thriller vengativo en el que Bond se dispone a rastrear a los traidores de Vesper. Era la primera vez que una película de Bond retomaba la trama de su predecesora. Esto no funcionó del todo, porque debido a la huelga de guionistas, filmaron algunas partes con un guión inconcluso. "Se ha insinuado que la hago menos [a Quantum]", dice, "pero nunca ha sido mi intención porque hicimos lo mejor que pudimos. Fue muy complicado porque no teníamos guión".

 

En Quantum, James Bond sufrió. "Había perdido al amor de su vida y actué guiado por ese sentimiento. Era una película más oscura, Bond quería vengarse y me atuve a ello".

 

Si bien Quantum no fue una experiencia del todo satisfactoria para su público ni para su protagonista, fue una mejora importante en cuanto a la estrafalaria Die Another Day, de 2002, la última de la serie antes de Craig. Pierce Brosnan tuvo que lidiar con megalómanos norcoreanos, con un cameo de Madonna casi tan malo como la canción principal, y por último, con la humillación de conducir un coche invisible.

 

Ahora que Craig le ha dado impulso a la serie y al personaje, se nos olvida lo desprestigiada que estuvo la fórmula de James Bond durante años, antes de que Craig recogiera la pistola Walther ppk.

 

"Es culpa de Austin Powers", así resume Craig el desastre en el que se encontraba Bond; se había convertido en una parodia de la parodia. "Para cuando hicimos Casino, [la parodia de Mike Myers] había arruinado todos los chistes. Se había vuelto tan posmoderna que dejó de ser graciosa".

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Como el escritor británico Simon Winder -un astuto fan de Bond-  ha señalado, la serie estaba atrapada en un ciclo de excesos y depuraciones, era a la vez de una sinceridad y una tontería exageradas. Cuando salieron a principios de los años sesenta, las películas eran más sobrias, se acercaban en espíritu a las mejores novelas de Fleming, que eran tan efectivas que daba asco. Para finales de la década, se empezaron a atiborrar de dispositivos ridículos, chistes malos y tramas deficientes. Se le puso un alto a esta situación en 1969 con On Her Majesty's Secret Service, cuya narrativa era más sólida aunque los gadgets eran malos. Tenía incluso a una protagonista con mucha clase, Diana Rigg, que murió hacia el final, anticipando lo que pasaría con Vesper. A diferencia de Casino Royale, este regreso a los orígenes no se consideró un éxito, porque dejó de lado un elemento crucial: elegir a un actor adecuado para el papel de Bond; el desdichado australiano George Lazenby se quedó como un recuerdo; nunca tuvo la fama que tendría Connery.

 

De vuelta al desastre: la época de Roger Moore (1973-1985), con sus trajes de safari, se caracterizó por actuaciones acartonadas y tramas improbables. Tras un buen comienzo (Live and Let Die, el primer acercamiento de un joven Daniel Craig al agente 007), el Bond de Moore daba risa hacia finales de su era. Nunca fue un espía serio, nunca fue convincente más que como Roger Moore, pero era divertidísimo.

 

Siguió Timothy Dalton, un actor consumado que prometió, una vez más, regresar a la idea original de Fleming. Pero este Bond era melancólico y apesadumbrado. Como consecuencia, las películas eran tristes. Luego llegó Brosnan, un hombre con el físico y, a ratos, la solemnidad de un modelo de ropa deportiva, que hizo un cuarteto de películas de acción explosivas, pero vacías.

 

Lo más sorprendente de James Bond es que a pesar de todo esto ha logrado mantener su atractivo. ¿A qué se debe? Quizá la única forma en la que los hombres pueden exponer sus deseos innatos de ver el mundo, conocer a otros hombres interesantes, matarlos y acostarse con sus esposas e hijas, es a través de la figura inusual de James Bond.

 

A Craig no le queda claro por qué Bond sigue atrayendo a chicos de todas las edades. "No tengo la respuesta. Creo que si intentara averiguarlo, arruinaría lo que hago", dice. De todas formas lo intenta: "Lo que resulta fascinante de las historias de Bond es que siempre hay algo oscuro en el fondo, pero son situaciones llenas de humor, de humor negro. Este elemento casi siempre ha estado presente. Siempre hay un peligro inminente, pero es bueno porque estás en las manos de alguien que desafía el peligro y la muerte".

 

Creo que está tratando de llegar a algo: en un mundo renuente al peligro, a James Bond le importa un carajo su seguridad y su salud, lo cual es tanto emocionante como extravagante. "Para un niño", dice Craig, "es como ver a un gran futbolista, como ver a George Best cerrarles el ojo antes de meter un gol. Cuando estás muy asustado, con el corazón en la boca, ese es el momento adecuado para cerrarle el ojo al público. Ese momento para un niño es muy emocionante".

 

Cincuenta años después del estreno de Dr. No, la primera película del agente 007, James Bond quiere recuperar esa euforia con Skyfall,  la cinta número 23. No pretende ser una continuación de Casino ni de Quantum, ni un regreso a la trivialidad de las anteriores. En cambio, Skyfall se distingue de sus predecesoras más recientes. Es una clásica película de Bond: chicas, armas, dispositivos, sexo, peligro, humor, emoción, y la combinación justa de realidad y fantasía. Bond, como dice Craig, "corregido y aumentado".

 

Skyfall llega después de cuatro años de descanso obligatorio para la serie de Bond. En ese tiempo, mgm, el estudio coproductor, quebró y se recuperó. Se llegó a insinuar que sería el fin del 007, o al menos de Craig como 007, aunque él asegura que nunca se tomó esos rumores en serio. De hecho, dice que el receso le permitió a él y a los productores replantearse las cosas. Craig ha cambiado y su Bond también, "he cambiado desde que hice Quantum", afirma. No pretende ser una copia fiel del personaje de Fleming, "irónico, despiadado y frío", como el autor lo describía, ni el personaje superficial e impostado en el que se convertiría.

 

Fue el mismo Craig quien hizo posible Skyfall cuando se acercó al director británico de cine y teatro, Sam Mendes, con la idea de hacerla. "Es una historia muy propia de este medio", dice Craig. "Estaba en la casa de Hugh Jackman en Nueva York en una reunión, fuimos compañeros en una obra, y Sam estaba ahí. Había tomado demasiado y me le acerqué para decirle: '¿Qué te parecería dirigir una película de Bond?'. Me dijo que sí. A partir de entonces, las cosas se fueron dando".

 

Era de esperarse que a los productores veteranos de Bond, Barbara Broccoli y Michael G. Wilson, les encantara la idea. Después de algunas negociaciones, Sam firmó el contrato. Mendes -quien fuera un novato director artístico del teatro Donmar Warehouse, en Coventry Garden, Londres, director de la ganadora de un Oscar, American Beauty, y de la escalofriante película de mafia, Road to Perdition, en la que Craig tiene un cameo memorable- es hasta ahora el realizador más aclamado en hacer una película de Bond. El siguiente en unirse al equipo fue el galardonado guionista John Logan (Gladiator, The Aviator). El director de fotografía de Skyfall es el grandioso Roger Deakins, que ya había trabajado con Sam Mendes (Revolutionary Road y Jarhead) y que ha colaborado en 11 ocasiones con los hermanos Coen. Craig no está de acuerdo con que se trate de una película de arte del 007, pero es evidente que ha reunido a un equipo notable como ninguna otra lo había hecho antes.

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Cuando sucedió esta entrevista, yo había visto algunos minutos de Skyfall, los mismos que Craig. A partir de eso, de los materiales de publicidad y de todas las veces que Craig asintió o negó con la cabeza cuando intentaba resumir la trama a partir de especulaciones, les puedo decir que la intriga de Skyfall la detona un psicópata con un peinado abultado y rubio llamado Silva (el español Javier Bardem en lo que parece ser una actuación de un típico malo de Bond de antaño). El papel de Judi Dench se ha enriquecido: M está muy estresada porque la MI6 sufrió un ataque (hay una explosión en el techo del muy criticado zigurat que aloja a la MI6 en South Bank, Londres, que alegrará a cualquier arquitecto), información acerca de sus agentes cae en las manos equivocadas y su agente más famoso desaparece y se cree que está muerto. Cuando reaparece, James Bond y M planean una defensa clandestina del territorio.

 

Sabemos que la película se filmó en Estambul, Shanghái, Macau y las tierras altas de Escocia, pero se sitúa sobre todo en Londres. (Tal es el atractivo de Bond en los niveles más altos del servicio civil británico, que la céntrica calle de Whitehall se mantuvo cerrada durante la filmación. También hay una persecución incendiaria en el metro, pero todo parece indicar que Bond no hace uso indebido de su tarjeta del metro.)

 

En las secuencias que he visto, M observa una fila de ataúdes cubiertos con la bandera del Reino Unido. En otra escena, el loco interpretado por Bardem cecea una línea sobre el final del imperio y el hecho de que Inglaterra sea una nación venida a menos. No es necesario ser un genio para adivinar que este retrato del poder británico pueda estar más anclado en la realidad como en ninguna otra de sus predecesoras.

 

"Hay algo acerca de lo que significa ser británico", afirma Craig. "No es el tema principal, pero mentiría si dijera que no lo abordamos. Skyfall es acerca de quién es Bond pero ante todo, de quién es M, su moral y lo que representa como líder de la MI6".

 

Ya sabrán que no sólo los cineastas y los protagonistas son célebres. Craig, Mendes y los productores han logrado atraer a un elenco sin precedentes: Ralph Fiennes es un duro jerarca aristócrata de Whitehall; Naomie Harris es una despampanante agente de campo de la MI6; Ben Whishaw es un geek de dispositivos del equipo de Q; también aparecen Rory Kinnear y Albert Finney.

 

"No tenía un plan tan estructurado cuando me propuse hacer esta película", dice Craig, "pero siempre pensé que con el director, el guionista y el guión adecuados, íbamos a atraer gente. Cuando Sam dijo que sí, teníamos el guión y todos en nuestra lista aceptaron, nos emocionamos mucho".

 

Cuando aceptó el papel de Bond, Craig quería recuperar el realismo que la serie había perdido. Sigue interesado en eso, y ahora busca dotarlo de más ligereza e incluso más chistes.

 

"Cuando veo películas comerciales", dice, "ya sean de extraterrestres o de cualquier otro tema, si tienen un elemento real en ellas, me interesan. La gente me pregunta [a propósito de Bond]: '¿Qué hay de los gadgets y de los chistes? No puedo meter esos elementos si no están en el guión. Si están en el guión, entonces puedo hacer algo con ellos".

 

El guión de Skyfall da oportunidad para momentos más livianos. "No estoy diciendo que hemos abusado de ellos, pero los hemos permitido en el momento adecuado. Ya sea que me arregle la corbata [después de una escena de acción] o que improvise un chiste, cuando tienes un guionista como John Logan, puedes hacerlo".

 

Nunca será Roger Moore. "Eso sería forzarlo y no soy yo. Tengo que esforzarme mucho. No soy James Bond. Me conoces lo suficiente como para reconocer que hay una diferencia entre Bond y yo. No soy gracioso, así que tengo que esforzarme para encontrar estos momentos cómicos. Pero si hay una buena historia, entonces me siento seguro. Entonces puedo cerrarle el ojo al público y con suerte, les gustará. Ese siempre fue el plan [para Skyfall] y depende mucho de un buen guión y de un excelente director".

 

A diferencia de otras películas de Bond, antes de empezar a filmar, Mendes reunió a los actores principales para leer el guión junto con John Logan y les pidió que improvisaran diálogos que luego podrían usar. La idea era encontrar el humor en las escenas que Logan había escrito en vez de meter chistes de forma arbitraria.

 

Era importante no abusar, de lo contrario caerían en los hábitos del viejo Bond. "Teníamos la alarma anti Austin Powers: la alarma hubiera sonado con gente en escena con overoles y frases anticuadas".

 

Qué lástima, confieso, me encantaban esos personajes vestidos con overoles a quienes mataban sin motivo aparente. "Conservamos algunos", dice Craig. "Con los sombreros de construcción y las botas impermeables".

 

Hay otras referencias al pasado de Bond. Craig conduce un Aston Martin db5 plateado como el que Connery hizo famoso. Incluso sus trajes (hechos por Tom Ford) tienen una solapa delgada y un corte ajustado, a la usanza del Bond de los sesenta.

 

"Todo tiene un motivo", dice Craig, "queríamos ofrecerle a los espectadores nuestra interpretación del Bond clásico".

 

Craig dice que si Skyfall fuera su última película de Bond quedaría satisfecho. "No le digas a Barbara", dice, mientras la señora Broccoli entra al pub donde estamos. Aún tiene un contrato por otras dos cintas, así que es seguro afirmar que el 007 sobrevivirá a Skyfall, con o sin heridas.

 

Ahora no es momento de hablar del futuro. "Hoy en día, el solo hecho de imaginarme la secuela me agobia. Lo único que quiero hacer es irme a casa".

 

A partir de esta entrevista y hasta finales de octubre, estuvo en una gira mundial para promocionar la película. Craig no tiene más compromisos de trabajo, salvo por las reuniones que pueda tener con Mendes para discutir el final de Skyfall. Es la primera vez en mucho tiempo que esto sucede. Para cualquier actor sería motivo de preocupación, pero no es el caso. "He estado trabajando sin cesar, yo mismo estoy harto de verme en todas partes, me imagino que la gente se siente igual".

 

Le doy la razón: estamos hartos de verlo en todas partes. Se termina su cerveza, me mira con dureza, sonríe con sarcasmo y me da un apretón de manos.

 

"Gracias", dice.

 

Y luego me cierra el ojo.