La verdad detrás del World Trade Center

La verdad detrás del World Trade Center

Un recuento de los despilfarros, actos de corrupción y razones de su demora de la construcción de la "freedom tower"

Por: Scott Raab | Fecha: 12/11/12

 

El 11 de septiembre de 2012 fue la primera vez que no hubo discursos de funcionarios públicos en la Zona Cero, después de la tragedia. Quizá porque el año pasado, en el décimo aniversario, los asistentes vitorearon a George Bush, mientras que a Obama lo recibieron con un silencio sepulcral. Como en los Oscar, la conmemoración del 9/11 se alarga con la lectura de los nombres de las casi tres mil víctimas. En virtud de esto, prescindir de los políticos ahorra mucho tiempo (y no ofende a nadie). El alcalde de Nueva York, Mike Bloomberg, sugirió que no se leyeran los nombres de las víctimas pues ya están inscritos en los muros que rodean el memorial. Sin embargo, esos nombres retumbaron en voz de amigos y familiares. La explanada conmemorativa (denominada Memorial Plaza) fue inaugurada el 11 de septiembre de 2011. Es el primer proyecto terminado en la Zona Cero y uno de los pocos momentos positivos en una década de construcción viciada, plazos incumplidos, infamias públicas y miles de millones de dólares en presupuestos rebasados. Con esta explanada, los familiares por fin tienen un lugar en donde llorar a sus muertos y parecía que el resto de las obras cobrarían impulso; sin embargo, no fue así. Poco después de la ceremonia de 2011, la Autoridad Portuaria de Nueva York y Nueva Jersey, encabezada por los gobernadores Andrew Cuomo y Chris Christie, respectivamente, decidió dejar de pagar a las constructoras encargadas del museo (denominado Memorial Museum), cuya inauguración estaba programada para el aniversario de este año. Pero dejemos a un lado los detalles para concentrarnos en un hecho simple: la Autoridad Portuaria y los políticos responsables del proyecto son un asco.

 

 

Para ellos, la obra no es más que una pelea por el control de la administración y las ganancias del museo, la misma pelea que cada proyecto planeado en esta área ha suscitado.

 

Desde el 12 de septiembre de 2001, ésta ha sido la verdad subyacente e inexorable detrás de la Zona Cero.

 

Es el mejor argumento para hacer a un lado a los políticos: la Zona Cero es más un campo de batalla que un lugar de recuerdos y homenajes. En la ceremonia del año pasado, Obama, Bush, Christie, Cuomo, Rudy Giuliani y los dos torpes gobernadores en el poder en 2001, George Pataki (Nueva York) y Donald DiFrancesco (Nueva Jersey), pronunciaron sus respectivos discursos. Pataki es el responsable de casi todo lo que ha salido mal en la reconstrucción, pero no podían no invitarlo. En la relación de DiFrancesco con la Zona Cero está la razón por la que dejó su cargo: pidió un préstamo con intereses bajos a un amigo al que antes había colocado en el comité directivo de la Autoridad Portuaria (AP). DiFrancesco no estaba invitado a la ceremonia del año pasado, hasta que el gobernador Christie hizo uno de sus berrinches habituales y Mike Bloomberg tuvo que anotar a DiFrancesco en la lista final.

 

Pobre George Pataki: nunca fue muy brillante. Añoraba que la reconstrucción de este lugar lo llevara hasta la Casa Blanca. Es comprensible que en la ceremonia de 2011 estuviera orgulloso, incluso algo nostálgico. Los célebres personajes estaban reunidos alrededor del escenario, esperando a Obama y a Bush, y uno de ellos escuchó que Pataki le dijo a Cuomo: "Es un gran día, ¿no? Bellísimo, y mira cómo todo esto se ha transformado". Andrew Cuomo le respondió: "Es uno de los despilfarros más grandes de la historia. ¿Por qué gastar tanto dinero? Si hubiéramos sabido cómo iba a terminar esto, ninguno lo hubiéramos permitido".

 

 

El boleto del ferry de la estación de tren de Hoboken a Lower Manhattan cuesta seis dólares. Al abordar procura no sentarte. Por el contrario, sube las escaleras para salir a la cubierta y disfruta de la vista: la Freedom Tower (conocida oficialmente como One World Trade Center por motivos contractuales) se alza con sus más de 400 metros en el cielo de la mañana, mientras que al sur de la Isla Ellis puedes ver la Estatua de la Libertad. La historia de Estados Unidos plagada de simbolismo se extiende en el horizonte. Al cruzar el río Hudson de Nueva Jersey a Nueva York, luego de 10 minutos de viento, agua y sol, hay que caminar una cuadra del muelle del ferry al World Financial Center. Por dos dólares podrías llegar en tren desde Hoboken y pasar por debajo del río en un vagón lleno y mal iluminado, sin viento, agua ni sol y? sin esa vista asombrosa.

 

Lo maravilloso del paisaje no tiene que ver con su simbolismo. La fuerza de la Freedom Tower radica en sus 417 metros, exactamente la misma altura de la que fue conocida como la Torre Norte de las Torres Gemelas. Cuando la larga punta esté lista -sigue en construcción en Canadá-, el edificio tendrá una altura final de 541 metros. Incluso ahora, con todo y que sus pisos superiores no han sido revestidos con el muro de vidrio reflejante y que hay dos grúas que se elevan desde su núcleo esperando la llegada del mástil para erigirlo pieza por pieza, esta obra impone mucho.

 

Cierto, cuando se termine de construir -con suerte a principios de 2014- habrá otras torres más altas en el mundo. Sin embargo, ninguna se habrá construido sobre una tumba masiva. Las columnas que cerquen esas torres no se habrán clavado siete pisos por debajo del nivel de la calle, tejidas entre las vías de un tren de pasajeros muy concurrido. Las habrán diseñado y construido hombres y mujeres que no trabajaron con el peso de los recuerdos de la matanza o con el temor de que su obra también se elevará como un posible blanco. A unos cuantos pasos de Wall Street, se erige esta torre de oficinas casi terminada y cuyo significado no puede medirse sólo por su masa de concreto.