La verdad detrás del World Trade Center

La verdad detrás del World Trade Center

Un recuento de los despilfarros, actos de corrupción y razones de su demora de la construcción de la freedom tower

Por Scott Raab | Fecha: 11/09/14

 

El 11 de septiembre de 2012 fue la primera vez que no hubo discursos de funcionarios públicos en la Zona Cero, después de la tragedia. Quizá porque el año pasado, en el décimo aniversario, los asistentes vitorearon a George Bush, mientras que a Obama lo recibieron con un silencio sepulcral. Como en los Oscar, la conmemoración del 9/11 se alarga con la lectura de los nombres de las casi tres mil víctimas. En virtud de esto, prescindir de los políticos ahorra mucho tiempo (y no ofende a nadie). El alcalde de Nueva York, Mike Bloomberg, sugirió que no se leyeran los nombres de las víctimas pues ya están inscritos en los muros que rodean el memorial. Sin embargo, esos nombres retumbaron en voz de amigos y familiares. La explanada conmemorativa (denominada Memorial Plaza) fue inaugurada el 11 de septiembre de 2011. Es el primer proyecto terminado en la Zona Cero y uno de los pocos momentos positivos en una década de construcción viciada, plazos incumplidos, infamias públicas y miles de millones de dólares en presupuestos rebasados. Con esta explanada, los familiares por fin tienen un lugar en donde llorar a sus muertos y parecía que el resto de las obras cobrarían impulso; sin embargo, no fue así. Poco después de la ceremonia de 2011, la Autoridad Portuaria de Nueva York y Nueva Jersey, encabezada por los gobernadores Andrew Cuomo y Chris Christie, respectivamente, decidió dejar de pagar a las constructoras encargadas del museo (denominado Memorial Museum), cuya inauguración estaba programada para el aniversario de este año. Pero dejemos a un lado los detalles para concentrarnos en un hecho simple: la Autoridad Portuaria y los políticos responsables del proyecto son un asco.

 

 

Para ellos, la obra no es más que una pelea por el control de la administración y las ganancias del museo, la misma pelea que cada proyecto planeado en esta área ha suscitado.

 

Desde el 12 de septiembre de 2001, ésta ha sido la verdad subyacente e inexorable detrás de la Zona Cero.

 

Es el mejor argumento para hacer a un lado a los políticos: la Zona Cero es más un campo de batalla que un lugar de recuerdos y homenajes. En la ceremonia del año pasado, Obama, Bush, Christie, Cuomo, Rudy Giuliani y los dos torpes gobernadores en el poder en 2001, George Pataki (Nueva York) y Donald DiFrancesco (Nueva Jersey), pronunciaron sus respectivos discursos. Pataki es el responsable de casi todo lo que ha salido mal en la reconstrucción, pero no podían no invitarlo. En la relación de DiFrancesco con la Zona Cero está la razón por la que dejó su cargo: pidió un préstamo con intereses bajos a un amigo al que antes había colocado en el comité directivo de la Autoridad Portuaria (AP). DiFrancesco no estaba invitado a la ceremonia del año pasado, hasta que el gobernador Christie hizo uno de sus berrinches habituales y Mike Bloomberg tuvo que anotar a DiFrancesco en la lista final.

 

Pobre George Pataki: nunca fue muy brillante. Añoraba que la reconstrucción de este lugar lo llevara hasta la Casa Blanca. Es comprensible que en la ceremonia de 2011 estuviera orgulloso, incluso algo nostálgico. Los célebres personajes estaban reunidos alrededor del escenario, esperando a Obama y a Bush, y uno de ellos escuchó que Pataki le dijo a Cuomo: "Es un gran día, ¿no? Bellísimo, y mira cómo todo esto se ha transformado". Andrew Cuomo le respondió: "Es uno de los despilfarros más grandes de la historia. ¿Por qué gastar tanto dinero? Si hubiéramos sabido cómo iba a terminar esto, ninguno lo hubiéramos permitido".

 

 

El boleto del ferry de la estación de tren de Hoboken a Lower Manhattan cuesta seis dólares. Al abordar procura no sentarte. Por el contrario, sube las escaleras para salir a la cubierta y disfruta de la vista: la Freedom Tower (conocida oficialmente como One World Trade Center por motivos contractuales) se alza con sus más de 400 metros en el cielo de la mañana, mientras que al sur de la Isla Ellis puedes ver la Estatua de la Libertad. La historia de Estados Unidos plagada de simbolismo se extiende en el horizonte. Al cruzar el río Hudson de Nueva Jersey a Nueva York, luego de 10 minutos de viento, agua y sol, hay que caminar una cuadra del muelle del ferry al World Financial Center. Por dos dólares podrías llegar en tren desde Hoboken y pasar por debajo del río en un vagón lleno y mal iluminado, sin viento, agua ni sol y? sin esa vista asombrosa.

 

Lo maravilloso del paisaje no tiene que ver con su simbolismo. La fuerza de la Freedom Tower radica en sus 417 metros, exactamente la misma altura de la que fue conocida como la Torre Norte de las Torres Gemelas. Cuando la larga punta esté lista -sigue en construcción en Canadá-, el edificio tendrá una altura final de 541 metros. Incluso ahora, con todo y que sus pisos superiores no han sido revestidos con el muro de vidrio reflejante y que hay dos grúas que se elevan desde su núcleo esperando la llegada del mástil para erigirlo pieza por pieza, esta obra impone mucho.

 

Cierto, cuando se termine de construir -con suerte a principios de 2014- habrá otras torres más altas en el mundo. Sin embargo, ninguna se habrá construido sobre una tumba masiva. Las columnas que cerquen esas torres no se habrán clavado siete pisos por debajo del nivel de la calle, tejidas entre las vías de un tren de pasajeros muy concurrido. Las habrán diseñado y construido hombres y mujeres que no trabajaron con el peso de los recuerdos de la matanza o con el temor de que su obra también se elevará como un posible blanco. A unos cuantos pasos de Wall Street, se erige esta torre de oficinas casi terminada y cuyo significado no puede medirse sólo por su masa de concreto.

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Para los políticos y burócratas involucrados, la esencia de la Freedom Tower -no sólo el concreto, el acero y el vidrio, sino las miles de personas que con destreza y sudor la han construido- y de los 64 mil 749 metros cuadrados de la Zona Cero, está muy por debajo del valor simbólico y económico de la obra. El terreno es propiedad de la Autoridad Portuaria de Nueva York y Nueva Jersey, fundada hace 90 años para operar el tránsito de bienes y personas que entran y salen de Nueva York, en una época en la que no existía ningún puente, túnel o aeropuerto importante que conectara a los dos estados. Hoy en día, la AP administra todo aeropuerto, puente, túnel y puerto en cuatro mil 929 kilómetros cuadrados a la redonda de la Estatua de la Libertad, cuenta con siete mil empleados y un presupuesto -siete mil millones de dólares este año- que depende de las tarifas y cuotas que cobra, así como de los bonos que vende; estos, a su vez, se sostienen gracias al mismo pozo sin fondo de tarifas y cuotas.

 

La AP está encabezada por los gobernadores de Nueva York y Nueva Jersey, así como por 12 miembros que, sin remuneración, integran un consejo. Cada gobernador designa a seis de estos miembros. El presidente del consejo es oriundo de Nueva Jersey. El director ejecutivo, es decir el ceo de la AP, es elegido por el gobernador de Nueva York. En teoría, la idea, producto de la política progresista estadounidense de principios del siglo xx, consistía en crear una corporación semigubernamental, autogestiva, libre de corrupción y apartidista.

 

En la práctica, la AP se ha doblegado ante la cultura política imperante. De 1942 a 1971, Austin Tobin, el cacique que construyó el World Trade Center, fue director ejecutivo de la AP. Tobin, más poderoso que cualquier funcionario electo, utilizó la fuerza de la AP, cuyo dominio era clarísimo, para apoderarse de esa gigantesca área y levantar las legendarias Torres Gemelas. Para cuando se terminaron de construir en 1973, eran los edificios más altos del planeta. Con esa decisión, la AP pasó por encima de las inmobiliarias de la ciudad, a las cuales les pareció poco menos que amable que una agencia de transporte regional inundara Nueva York con más de 929 mil metros cuadrados de espacios de oficina en renta.

 

Austin Tobin no le rendía cuentas a nadie. Bajo su mandato la AP era una institución monolítica, omnipotente y opaca. Esa opacidad sigue imperando hasta hoy, cuando la AP es poco más que un instrumento para hacer uso de las influencias de los involucrados en ella y una alcancía para los políticos, incluyendo a sus patrones y a sus súbditos. Su administración de la Zona Cero, tanto como símbolo como obra, ha sido un espectáculo de manipulación y una fiebre de oro muy obscenos.

 

Cuando se diseñó la Freedom Tower, su presupuesto apenas excedía los dos mil millones de dólares. Sin embargo, costará el doble. Hasta ahora es, por mucho, la torre de edificios más costosa que se haya construido por metro cuadrado. Esto se debe sobre todo a que George Pataki vio en ella una pantalla en dónde proyectar sus aspiraciones, y no un proyecto de construcción. Su altura final (en pies) corresponde a la fecha de nacimiento de Estados Unidos -1776, año en que el Congreso Continental adoptó la Declaración de Independencia- y era parte de un "plan maestro" para reconstruir la Zona Cero que el mismo Pataki seleccionó en 2003, semanas después de que la pieza central recibiera el nombre de "Freedom Tower" y de haber anunciado al mundo que la estructura de acero se colocaría en 2006. El 4 de julio de 2004, semanas antes de que se celebrara la convención republicana en Nueva York, Pataki organizó una ceremonia para poner la piedra angular del edificio. Tenía la esperanza de que este proyecto lo llevara a la presidencia del país, así que empacó un modelo de la torre en un maletín y se dirigió a Iowa y a New Hampshire para intentar conseguir apoyo para una candidatura a la Casa Blanca, lo que no era más que un sueño febril.

 

Pataki jaló los hilos. El director ejecutivo de la AP era uno de sus compinches. Se trataba de un republicano del norte de Nueva York y antiguo supervisor municipal, que había adquirido su visión para los negocios después de hacerse cargo del lavado de autos y el boliche de su familia. Cuando Pataki dejó su cargo en 2006, la Zona Cero era un hoyo vacío, pues por alguna razón habían removido su piedra angular. El único legado de Pataki era un edificio de oficinas de 43 pisos al norte de la Zona Cero, las flamantes oficinas centrales de Goldman Sachs. Se inauguró en 2009 junto con un gimnasio de cinco mil metros cuadrados y un lounge de lectura. La construcción costó más de dos mil millones de dólares y estuvo subvencionada por... George Pataki. Cuando la firma lo amenazó con mudarse de Nueva York y llevarse miles de empleos, Pataki entregó a Goldman Sachs 1.65 mil millones de dólares provenientes de los bonos de la Primera Guerra Mundial que estaban destinados para la reconstrucción del World Trade Center, como asignó el Congreso después del 9/11.

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El padre de la FREEDOM TOWER es David Childs, el arquitecto que la diseñó hace siete años, cuando era un jovenzuelo de 64 años con apenas tres décadas de experiencia como socio de Skidmore, Owings 3Merrill, el despacho de arquitectura corporativa más prestigioso del mundo. Su cliente en esa época era Larry Silverstein, promotor inmobiliario nacido en Brooklyn. Seis semanas antes del 9/11, salió a la luz que Silverstein tenía un contrato de arrendamiento del World Trade Center que vencía dentro de 99 años. Por orden de Pataki, la AP se retiraba de los bienes raíces. El mismo Pataki le cedió las llaves a Silverstein y éste le pidió a Childs que pusiera orden en el lugar.

 

Después del 9/11, Silverstein y la AP, encabezada por George Pataki, comenzaron una guerra larga, desagradable y desgastante por el control de la reconstrucción. Todo empezó cuando Pataki eligió un plan maestro sin haberlo consultado con Silverstein ni con Childs y lo anunció a los cuatro vientos. Ese plan, conocido como "Memory Foundations", fue creación de Daniel Libeskind, un arquitecto que nunca había construido ningún edificio de más de cuatro pisos. Pataki estaba particularmente fascinado con la "Brecha de luz". El gobernador, deslumbrado, la describía como una "entrada espectacular al lugar, en donde cada mañana del 11 de septiembre el sol brille sin ninguna sombra que le estorbe". A Silverstein no le impresionó en lo más mínimo. Después de todo, tenía un contrato de arrendamiento y seguía pagando una renta de 10 millones de dólares al mes a la AP, aunque fuera por una fosa llena de humo y desperdicios.

 

La idea de la brecha fue desechada en virtud de que un hotel al otro lado de la calle le tapaba la luz. Más aún, el plan maestro ubicaba a la Freedom Tower en un lugar donde era difícil y costoso construirla. Cuando Pataki se negó a moverla, Silverstein se empeñó en escoger a su propio arquitecto. De tal forma, Libeskind y Childs se enredaron en un matrimonio a la fuerza que estaba predestinado a fracasar.

 

Los críticos adoraban a Libeskind, un artista nacido en Polonia que vestía de negro y botas vaqueras. Childs, nacido en Princeton y educado en Yale, vestía de traje y corbata y era repudiado por la vena avant-garde de la arquitectura, pues era el consentido de los promotores de bienes raíces por tener éxito comercial y por su falsa modestia.

 

"Para mí las fuerzas que dan vida a la belleza son la funcionalidad y la organización", dijo Childs cuando nos conocimos en 2005. "Tienen que ser prioritarias. Los rascacielos son producto de la ingeniería en la misma medida que lo son de otros factores. Un edificio no es una escultura arbitraria, aunque hay muchos proyectos arquitectónicos que sí lo son y son bellísimos. Pero no es mi tipo de arquitectura, y en especial en este caso. Este edificio tiene que ser más que un gesto escultural. Estamos construyendo una torre de oficinas. Tiene que ser icónico y solemne, bello y sencillo, memorable. Todo eso es cierto Pero también tiene que ser funcional."

 

Para ese entonces, Libeskind y Childs habían diseñado en conjunto la dichosa Freedom Tower. El departamento de policía de Nueva York (nypd, por sus siglas en inglés) evaluó el diseño y lo consideró inseguro. Sin embargo, la AP, que tiene su propio departamento de policía con mil 600 elementos, ignoró el diagnóstico. En cierto momento, el nypd envió una carta a la AP donde argumentaba la vulnerabilidad de la torre ante un posible ataque terrorista. No obstante, según funcionarios de la AP, ese documento nunca se entregó o tal vez se perdió. Cuando el nypd se vio obligado a hacer públicas estas preocupaciones, se desató un desastre que le valió meses de vergüenza a la AP y al propio gobernador Pataki. Con ello, David Childs se quedó al mando de la versión final de la Freedom Tower.

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Ahora Childs tiene 71 años. Trabaja menos horas, viaja mucho menos y ya no usa corbata diariamente. Hace 11 años vio desde la ventana de su oficina en Wall Street cómo se derrumbaron, una por una, las Torres Gemelas. Skidmore, Owings 3Merrill perdió un empleado esa mañana, un arquitecto de 45 años que visitaba a uno de sus clientes en el World Trade Center.

 

"Solía caminar hacia allá, me quedaba observando y pensando. Mucha gente visitaba el lugar. Eran escenas muy tristes. Ahora la gente levanta la vista y sonríe. Ese edificio dice ?lo logramos?, ése es el significado de la torre. La gente la sobrevuela, maneja por la zona o cruzan en el ferry, la ven y les produce una buena sensación. Sonríen. Me da gusto porque la reconstruimos y hay que sentirnos orgullosos de ello", dice Childs.

 

No suena convencido. Parece agotado, lo cual es comprensible: un año antes de que el diseño final de la Freedom Tower fuera aprobado, la larga e incesante guerra entre Larry Silverstein y la AP parecía alcanzar una tregua. Se llegó a un acuerdo: Silverstein construiría tres edificios de oficinas más pequeños en el terreno del wtc, pero no se metería con la Freedom Tower. Una vez más era propiedad de la Autoridad Portuaria.

 

Childs está renuente, por naturaleza y por diplomacia profesional, a detallar lo ocurrido. Para resumir: Pataki engendró a Eliot Spitzer, cliente frecuente del prostíbulo Emperors Club vip que ocupó el cargo de gobernador de Nueva York de 2007 a 2008. De inmediato, Spitzer comenzó a alardear que cancelaría el proyecto de la torre, un mes más tarde cambió de opinión y renunció poco más de un año después. Estaba tan avergonzado por su vida sexual, que se vio obligado a refugiarse en la cadena televisiva y de internet Current tv, fundada por Al Gore. Spitzer, por su parte, engendró a David Paterson, el gobernador ciego que confesó sus propias aventuras sexuales un día después de haber tomado posesión de su cargo. Y Paterson engendró a Andrew Cuomo, el gobernador actual.

 

Cada uno tenía sus propios intereses, cada quien nombró a su propio director ejecutivo de la AP, y para todos ellos la Freedom Tower era como un hijastro incómodo. En 2010, cuando el presupuesto estimado para terminar la torre superaba los tres mil millones de dólares, la AP negoció un contrato con un promotor inmobiliario de la ciudad, Durst Organization, para que terminara la obra y posteriormente administrara y rentara las oficinas: por cada 100 millones de dólares, Durst recibiría un interés neto del 10 por ciento. Además, firmaron un contrato de construcción por un valor de 15 millones de dólares, que establecía que Durst recibiría el 75 por ciento de cada 12 millones que recortara del presupuesto y el 50 por ciento de esta cantidad en adelante.

 

Como era de esperarse, y para desgracia de David Childs, Durst redujo los costos considerablemente, en especial en las partes superior e inferior de la torre. El vidrio prismático que se había elegido para cubrir la base del edificio fue reemplazado por uno más barato. También aplanaron las esquinas de los primeros 60 metros de la torre, a pesar de que ya las habían afilado para que tocaran los triángulos isósceles del muro de la fachada. Durst también se deshizo de la punta de 124 metros al descartar el radomo, un caparazón de fibra de vidrio y acero cuya función era proteger la antena y las plataformas de mantenimiento en la cima del edificio. ¡Lotería! Veinte millones de dólares menos.

 

Childs se enteró de que habían desechado el radomo a través de un comunicado de prensa que emitió Durst, y respondió con una declaración en la que expresaba su desacuerdo y la esperanza de que Skidmore, Owings 3Merrill y la AP diseñaran juntos otra propuesta. Durst afirmó que la decisión de prescindir del radomo tenía que ver con la seguridad y el costo de mantenimiento, más no con el presupuesto. Patrick Foye, director ejecutivo de la AP, lo secundó y dijo que "el diseño era impráctico, poco funcional y, para ser honesto, peligroso".

 

Es preciso tener en cuenta lo siguiente: el despacho de arquitectos al que pertenece Childs, se ha dedicado a lo largo de años a construir y diseñar planes de mantenimiento para rascacielos en muchas ciudades. En 2007, el propio Douglas Durst compró espacios de una plana en los periódicos de Nueva York en los que exhortaba al gobernador electo, Eliot Spitzer, a cancelar la construcción de la torre. Según el organismo que establece las alturas de los edificios, el Consejo de grandes estructuras y hábitat urbano, sin el radomo, la aguja del edificio no podía considerarse una antena. Así que la Freedom Tower no tendría 1776 pies de altura. Al preguntarle sobre este tema, David Childs se queda mudo. Quizá prefiera ser prudente o simplemente está agotado.

 

"Estoy orgulloso del diseño", dice antes de guardar silencio.

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Path son las siglas en inglés de Port Authority Trans-Hudson (Autoridad portuaria Trans-Hudson), el tren de pasajeros que pasa por debajo del World Trade Center para conectar a Nueva York con Nueva Jersey. Este medio de transporte reporta pérdidas anuales de casi 400 millones de dólares. Cuando empezó a operar en 1908, se le conocía como el Ferrocarril Hudson y Manhattan (HandM)? y sí tenía ganancias. Después, la AP construyó el Túnel Holland y lo inauguró en 1927 -el mismo año en el que Austin Tobin se incorporó al departamento jurídico de la AP-, en 1931 inauguró el Puente George Washington y en 1937 el Túnel Lincoln. En poco tiempo, el viejo HandM se hundiría para siempre en la profundidad de los números rojos, gracias a la devoción de la AP por el uso del automóvil. En 1927 tenía un promedio de 113 millones de pasajeros, cantidad que en 1958 se desplomó a 26 millones.

 

En los años 50, cuando el HandM caía en bancarrota, Nueva Jersey le pidió a la AP que lo administrara. El argumento parecía lógico: el tren era un medio de transporte crucial para conectar a ambas regiones, la AP se encargaba de operar la infraestructura regional de transporte y la propia AP había ocasionado la debacle del tren. Austin Tobin prefirió no hacerlo y su lógica, aunque autoconveniente, tenía sentido: la AP no estaba en el negocio del ferrocarril y tampoco quería perder dinero.

 

Tener en cuenta estos hechos de la historia regional es fundamental para comprender los intereses económicos y políticos que supone la reconstrucción en la Zona Cero. Estos hechos sirven para explicar por qué tanto los gobiernos de Nueva York y Nueva Jersey, como los emisores de bonos, consideran a la AP una fuente de riqueza infinita. Incluso en el punto más bajo de la Depresión, la AP hacía sus transacciones y empleaba su poder a su beneplácito. La AP también se encargó de confirmar lo que el norte de Nueva Jersey siempre ha creído: que han dado trato preferencial a Nueva York y lo seguirán haciendo. Esta idea se fundamenta en el hecho de que los automovilistas provenientes de Nueva Jersey que se transportan todos los días a ciudad Gótica pagan una caseta de 12 dólares para entrar por el Túnel Lincoln o por los puentes Holland o George Washington, mientras que su viaje de regreso es gratuito; no parece ser una muestra de respeto e igualdad.

 

Cuando a Austin Tobin se le ocurrió construir un World Trade Center en Lower Manhattan, eligió un sitio cerca del East River que resultaba inaccesible para los pasajeros del HandM. Cuando buscó la aprobación del gobernador de Nueva Jersey, éste se negó y, como Tobin con el HandM, no quiso ceder.

 

Si bien Austin Tobin no era tan famoso como el urbanista Robert Moses, sí estaba igual de decidido a erigir monumentos en su propio honor. Tobin le hizo una oferta que no podía ser rechazada a Nueva Jersey: la AP compraría y mantendría el HandM, invertiría inmediatamente 70 millones de dólares para modernizarlo, y trasladarían el wtc al Oeste, cerca del río Hudson, al pie de la terminal de HandM en Lower Manhattan.

 

Lo anterior resuelve por lo menos uno de los misterios relacionados con la Zona Cero: ¿Por qué la AP habrá invertido cerca de cuatro mil millones de dólares en la construcción de una nueva terminal de path para cuando finalice las obras?

Porque es parte del precio que la AP pagó para convencer a Nueva Jersey de aceptar el proyecto completo. Sin embargo, eso es sólo una parte.

 

Lo anterior incita una pregunta todavía más urgente: ¿Por qué una terminal de tren de 74 mil 300 metros cuadrados de área costaría cuatro mil millones de dólares?

Increíble, ¿no? La Freedom Tower ofrecerá a sus inquilinos unos 245 mil metros cuadrados de espacio nuevo de oficinas. Además, el edificio está reforzado con medios y materiales de alcance y costo sin precedentes para hacerle frente a cualquier posible ataque. Con todo, la torre terminará costando lo mismo que la terminal de path. Como dicen en Garden State, nada de esto es gratuito. Desde el primer día, años antes de que la AP le arrebatara la Freedom Tower a Silverstein, la terminal era en todo sentido su mina de oro, el único proyecto de construcción en los casi 65 mil metros cuadrados que le daría a Nueva Jersey una amplia oportunidad de entrar en este juego.

 

El proyecto siempre fue exageradamente costoso. Su presupuesto inicial era de dos mil millones de dólares. Como la Administración de Tránsito Federal pagaría la cuenta, la AP contrató a un arquitecto de primera para diseñarlo: Santiago Calatrava. Para muchos, la terminal todavía es "el Calatrava". Y con justa razón:  su pasillo central empezaba 15 metros bajo el nivel de la calle, se trataba de un ovoide inmenso colocado debajo de un domo de vidrio y acero acanalado con estrechos arcos blancos que se curveaban al elevarse más allá de las paredes del edificio, como si fueran dedos de manos entrelazadas. Calatrava lo llamaba "Oculus".

 

Pero hay más, mucho más. Calatrava diseñó la terminal de path como un pájaro que emprendía el vuelo desde la mano de un niño. Por su parte, el domo se levantaría mecánicamente (también era ingeniero civil), para que los arcos emularan unas alas extendidas cuando el techo se abriera.

 

"Éste es el regalo de la AP para la ciudad de Nueva York", dijo el arquitecto español.

 

La ciudad entera, incluidos los críticos de arquitectura, se lo reconoció. "Con profundo agradecimiento", escribió Herbert Muschamp en el diario The New York Times, "felicito a la AP por haber encargado al señor Calatrava, el gran arquitecto e ingeniero español, el diseño de un edificio con el poder de moldear el futuro de Nueva York".

 

"Es un placer", respondió la Autoridad Portuaria, agradecida de que hasta ese momento nadie se había dado cuenta de que esa joya de dos mil millones de dólares daría servicio a sólo 50 mil pasajeros todos los días, una parte mínima si lo comparamos con los 600 mil que confluyen en Penn Station o los 750 mil que pasan por Grand Station. Asimismo, nadie hizo la pregunta incómoda de cuánto dinero perdía la AP al operar el ferrocarril año con año.

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"Me he encariñado mucho con Santiago", declaró el director ejecutivo de la AP, que había dejado su lavado de autos y su boliche muy lejos. "El tipo es un genio. Pero lo primero que te llama la atención al conocerlo es que te saluda con un abrazo".

 

Que no se diga que los hombres de Nueva Jersey no te devuelven el saludo con un abrazo o que son tan ingenuos que aceptan un regalo disfrazado de caballo proveniente de Nueva York. Por cortesía de la Administración Federal de Tránsito, la AP había contratado al llamado "poeta de la arquitectura de transporte", Calatrava -un nombre escurridizo para cualquier anglófono-, y éste había creado una oda de concreto, acero y vidrio. Todos respondieron con un "¡Hosanna!".

 

Ahora bien, la construcción del edificio en sí era motivo de preocupación. Las alas eran un tema delicado, la expansión del domo de vidrio expuesto podría ser riesgosa dada la atracción que causaba la Zona Cero. La ubicación de la terminal de path implicaba que su techo sería también el suelo de la explanada que todavía no se empezaba a construir. Además, cuando una de las alas se extendiera, se acercaría peligrosamente a la torre de oficinas que tendría a un lado.

 

Por fortuna, dos funcionarios de la AP originarios de Nueva Jersey viajaron a Europa para estudiar las obras de Calatrava: Anthony Sartor, miembro de la comisión que encabezó el subcomité del World Trade Center de la AP, y Anthony Cracchiolo, director de programas prioritarios. Quién iba a decir que, al igual que Calatrava, los dos eran ingenieros. Después de su tour aseguraron que no había nada de qué preocuparse: en manos de Calatrava, la construcción de la terminal iría viento en popa.

 

La construcción empezó el 12 de septiembre de 2005, y su conclusión se programó para 2009. Calatrava asistió a la ceremonia de arranque con su hija de 10 años, Sofía, quien liberó dos palomas en el viento de la mañana. Según la declaración de la AP eran pichones, pero eran palomas.

 

Los consultores de la Administración Federal de Tránsito llevaban las cuentas y para julio de 2006 reportaron a la Administración que el proyecto estaba paralizado por cambios constantes en el diseño, por lo que se terminaría en más tiempo y costaría más. Cada tres meses los consultores entregaban reportes con los problemas en el diseño, la planeación y los descuidos.

 

A principios de 2007, la AP reconoció que el costo de la terminal había aumentado a 2.5 mil millones de dólares. En mayo de 2008, la AP seguía dando esa cifra y Anthony Sartor aseguró que la terminal "estaría lista para prestar servicio en 2011" y que la AP estaba "trabajando estrechamente" con Calatrava para asegurar que así fuera.

 

El grado de esa colaboración se hizo público semanas después cuando se reveló que stv, una de las firmas que trabajaba con Calatrava en la obra y en otros proyectos de la Zona Cero, estaba en pláticas para comprar una compañía de ingeniería propiedad de Sartor. Sartor y la  Autoridad Portuaria negaron que hubiese conflicto de interés. Sin embargo, las cosas se veían mal: stv formaba parte de Downtown Design Partnership (ddp), una joint venture que también incluía a  Calatrava.

 

"No hay por qué preocuparse", aseguraba la AP, Sartor? Un momento, ¿había mencionado que Sartor encabezaba el subcomité a cargo de la reconstrucción del World Trade Center? ¿O que la oficina de stv en Nueva York está en el mismo edificio que las oficinas de la AP? ¿O que a stv le gustaba contratar a antiguos empleados de la AP como Tony Cracchiolo, el funcionario de la AP que viajó a Europa con Sartor para evaluar la obra de Calatrava y que en 2006 se integró a stv como vicepresidente y director de diseño, y se llevó una pensión de seis cifras de la AP?

 

¿En dónde estaba? Ah sí, no hay por qué preocuparse, aseguraba la AP: cada iniciativa presentada ante el consejo en los últimos dos años y medio, incluyendo contratos que ascendían a 400 millones de dólares concedidos a la ddp y a stv por obras en la terminal de path y otros proyectos en la Zona Cero, se habían aprobado de forma unánime.

 

Para mayo de 2008, ya nadie se acordaba de los 64 mil 749 metros cuadrados de arena de la Zona Cero. George Pataki se había marchado tiempo atrás, Eliot Spitzer había renunciado a mediados de marzo y la crisis económica se avecinaba. Los discursos para recordar a las víctimas, para recordar al país sobre su capacidad de recuperación y los planes de reconstrucción habían quedado en el olvido y las cosas volvían a la normalidad. El 22 de mayo, otro funcionario ocupó el cargo de director ejecutivo de la AP. David Paterson, el gobernador ciego y sucesor de Spitzer, lo designó. Chris Ward hizo algo maravilloso y a la vez inusual: declaró que los presupuestos y las calendarizaciones del proyecto de la Zona Cero eran un basura. Vociferó lo que toda la ciudad sabía.

 

A finales de junio, Ward emitió un reporte de 34 páginas en el que detallaba los principales problemas del proyecto. La terminal de path encabezaba la lista en virtud de que la AP todavía no tenía el diseño final de Calatrava, y le pidió al gobernador tres meses para delinear un programa y un presupuesto realistas para la reconstrucción. Formó un consejo interdisciplinario para coordinar la obra.

 

Al hacer todos estos movimientos, Chris Ward casi rescató la reconstrucción.

 

Casi.

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Ward no era ningún Austin Tobin, aunque es verdad que colocó una foto de Tobin en la pared de su oficina. La AP ya no tenía el equipo de ingenieros y coordinadores que construyeron las Torres Gemelas. Sin embargo, Ward contaba con el apoyo del gobernador y tenía dos grandes ventajas: estaba perfectamente calificado para el trabajo y no le preocupaba la dificultad de la tarea.

 

Ward había nacido en Nueva Jersey y era un profesionista de Nueva York, había sido ejecutivo senior de la AP de 1997 a 2002, comisionado del Departamento de Protección Ambiental de la ciudad, director de la Asociación General de Contratistas de Nueva York y ceo de American Stevedoring. Sabía de primera mano cómo funcionaban los sectores público y privado y de qué pie cojeaban, cada uno por separado y en conjunto. También era egresado del Divinity School de Harvard, lo que poco tenía que ver con su papel de salvador de la Zona Cero; sin embargo, era un elemento exótico y a cualquiera que escribía sobre él le parecía un detalle irresistible.

 

Dada la infraestructura entrecruzada de varios de los proyectos de reconstrucción -la terminal de path, la explanada Memorial Plaza, el Memorial Museum y sobre todo las torres de Larry Silverstein-, lo que Ward logró en tres años y medio como director ejecutivo fue impresionante. Si se considera la muy fracturada relación entre las partes enemigas, la imagen de la AP como títere y el fracaso rotundo de la reconstrucción, Ward hizo milagros.

 

Hizo las paces con Silverstein y alcanzó un acuerdo sobre las otras torres del World Trade Center. Ayudó a negociar un contrato de arrendamiento de largo plazo con una editorial prestigiosa para la renta de 92 mil 900 metros cuadrados de espacio de oficinas en la Freedom Tower. Convenció al departamento de policía de la AP que el nypd, una entidad sin lugar a dudas superior, se encargaría de la seguridad del wtc. Incluso personalmente convenció a Calatrava de que hiciera cambios en el diseño que le ahorraran 600 millones de dólares al proyecto y que apresuraran su construcción.

 

En conclusión, Chris Ward fue el responsable de darle vida a esos 64 mil 749 metros cuadrados. Con ello revitalizó a la propia AP y restauró su sentido de capacidad. Su logro más importante, y el de la AP, sucedió el 11 de septiembre de 2011, en el décimo aniversario de los ataques terroristas, con la inauguración de la Memorial Plaza. Por fin las familias de las víctimas tenían un lugar que estaba a la altura de su pena. Por fin algo hermoso y honorable había sucedido en la Zona Cero.

 

Para entonces, Ward tenía los días contados.

 

 

 

De cierta manera, David Paterson fue el gobernador adecuado para esa época. No pertenecía al sur de Nueva York. Cuando me contrató, me dijo: ?Haz bien tu trabajo y no te voy a molestar?, y así fue, me apoyó en todo. Era evidente que la AP administraba el sur. Si querías hacer algo, si tenías un problema, el asunto tenía que pasar por sus manos".

 

Ward está sentado en un salón de conferencias en su oficina localizada en el centro de la ciudad. Ahora es vicepresidente ejecutivo de proyectos en Dragados usa, una subsidiaria de la constructora internacional española. Si la compañía participa en alguna licitación de la AP, se mantendría fuera del proceso. No es que no siga sintiendo un lazo con la Zona Cero, pero los negocios son negocios.

 

"Sin duda alguna esos tres años y medio definen mi carrera."

 

Hasta ahí llega el sentimentalismo de Chris Ward. Los negocios son negocios. Ward supo que sus días en la AP llegaban a su fin cuando Andrew Cuomo asumió el cargo de gobernador en 2011 y decidió ignorar la Zona Cero por completo. Cuomo no vio ningún beneficio para él en la Zona Cero: lo que vio fue a un director ejecutivo de la AP tomando decisiones y llevándose todo el crédito. No hubo juntas, llamadas telefónicas ni correos electrónicos entre los dos para discutir la Zona Cero. Cuando la prensa empezó a hacer preguntas, la oficina del gobernador emitió un comunicado donde decía que no tenía planeado reemplazar a Ward "por el momento". Desde luego que no, si se deshacía de Ward antes del décimo aniversario del 9/11 y algo salía mal antes de terminar la Memorial Plaza, Cuomo sería el culpable. Pero con esas tres palabras, "por el momento", Cuomo expresó lo que sus allegados ya sabían: Chris Ward estaba en la mira.

 

Poco después de que Cuomo asumiera su cargo y expusiera sus intenciones con respecto a Ward, se llevó a cabo una junta del consejo directivo de la AP en la que Tony Sartor se mostró inconforme con otro aumento en el presupuesto de la terminal de path. Su negocio con stv se había desplomado en el instante en que se hizo público. "Me gustaría ver una valoración real de los costos de la terminal y del resto del proyecto", le dijo a Ward, como si Ward hubiera sido la mente maestra detrás del Calatrava y hubiera ocultado los costos y los planes de la construcción durante siete años.

 

Cualquier duda sobre el destino de Ward se esfumó cuando el alcalde de Nueva York, Mike Bloomberg, le pidió a Cuomo que le permitiera a Ward terminar la obra del World Trade Center.

 

Cuando le pregunto a Ward sobre ese episodio, responde con una carcajada.

 

"El alcalde bromeaba conmigo, me decía: ?Es probable que te haya costado el puesto, pues en dos ocasiones reconocí que estabas haciendo un trabajo estupendo?".

 

Cuomo no le debía nada a Bloomberg, quien era un funcionario que iba de salida y sin ninguna influencia. El interés del alcalde en la Zona Cero se reducía a la Memorial Plaza y al Memorial Museum. La explanada se terminó de construir más rápido de lo planeado. Los ingenieros de la AP encontraron una forma de finalizarla sin que afectara la construcción de la terminal de path. Por su parte, el museo abriría sus puertas el 11 de septiembre de 2012. Bloomberg temía que con la ausencia de Ward, el museo quedaría abandonado.

 

Y eso fue lo que pasó. Con Sartor a la cabeza, la AP amenazaba con cancelar los fondos destinados al museo si no costeaba su propia infraestructura. Ward sugirió negociar la diferencia de los costos, para que el museo estuviera listo en la fecha planeada y así evitar otro drama en la historia de la Zona Cero. Fue en vano. Con Ward fuera, la táctica de negociación de la AP consistió en dejar de pagarles a los contratistas encargados de terminar la obra, así como acusar a Ward de haber llevado una mala dirección y hacer política con el dinero de la AP.

 

¿De cuánto dinero están hablando? Depende de a quién se le pregunte. Chris Ward dice que se reduce a menos de 50 millones de dólares. Anthony Sartor dice que fueron 150 millones. En cualquier caso son gastos menores si se les compara con el presupuesto de la terminal de path que se disparaba a toda velocidad a dos mil millones de dólares y que Sartor aseguró costaría 2.5 mil millones. El colega de Sartor, David Steiner, miembro de la comisión de la AP, le recordó a la ciudad que el Calatrava (no la Freedom Tower ni el Memorial Museum) era el verdadero icono de la Zona Cero. Entonces, el Memorial Museum no estuvo listo y nadie sabe cuándo se terminará la obra. Todo parece indicar que cuando Mike Bloomberg deje su cargo, Andrew Cuomo se jactará de haber rescatado la construcción y los chicos de Nueva Jersey habrán cerrado otro negocio.

 

"¿Vamos a volver a esas prácticas?", se pregunta Chris Ward. "Pensé que las habíamos dejado atrás cuando nos comprometimos a terminar la obra." No sucederá, al menos no hasta que la obra sea finalizada por completo. ¿Y ahora qué sigue? Volver a la rebatinga.

 

"La AP es un negocio enorme cuyas transacciones nunca terminan; siempre hay una negociación en desarrollo. La única manera de dirigir una institución así es entender a la perfección cómo funciona", dice Ward.

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La verdad sobre la Zona Cero es que casi tres mil personas murieron ahí y que millones de visitantes ya han estado en la Memorial Plaza: de pie frente a las fuentes han visto los nombres de las víctimas y se han llevado historias que nada tienen que ver ni con política ni con robos.

 

La verdad palpable sobre la Zona Cero la han labrado los hombres que trabajan ahí todos los días.

 

Mike Pinelli y Marc Becker han supervisado la construcción de la Freedom Tower desde el inicio. No les interesa la política. "Sé que algún día terminaremos", me dijo Marc Becker en 2005 desde la profundidad de una zanja vacía. La construcción se detuvo antes de empezar. "Pero no sé cuándo. Para mí es personal, yo vi las caras de aquellas pobres almas después de que saltaron de los edificios. Yo vi lo que sacamos de los escombros. Para mí es personal. Nosotros estamos listos para trabajar".

 

Pinelli regresó a su casa aturdido después del 9/11. Llorando intentó explicarles a sus tres hijas lo que había ocurrido. Una de ellas le dio ánimos.

 

"Las cosas se van a arreglar. Vas a arreglar el edificio, ése es tu trabajo, arreglar las cosas".

 

Tenía cinco años. En unos días cumplirá 16 años. Su hija mayor tiene 17.

 

"Hablan mucho de esto", dice. "Siguen el progreso del edificio muy de cerca. Ellas y sus amigos se emocionan".

 

Pinelli y Becker son de Nueva Jersey. El papá de Pinelli es un policía retirado de la AP. La Freedom Tower tiene un interés aún más personal.

 

"Todos los días trabajamos en un lugar sagrado", dice Pinelli. "Lo tenemos muy claro. Es una sensación que nos acompaña en todo momento".

 

"Orgullo y honor", dice Becker.

 

Orgullo, honor y deber.

 

"El trabajo es un maratón", dice Pinelli. "Lo divides por partes. Pones los cimientos. Lo hago por mí, por mi equipo. Cuando avanzamos, celebramos, le damos vueltas a los camiones y continuamos. Fue un gran logro terminar la base. El núcleo era gigantesco por el solo volumen del concreto. Luego viene el reto de avanzar en una semana. La próxima semana vamos a terminar el 105".

 

"La antena llegará en el otoño", agrega. "El trabajo interior, la plomería, la electricidad y el trabajo mecánico, la columna del edificio, se harán al mismo tiempo. Falta una tercera o una cuarta parte. En 2013 terminamos".

 

"La antena será la parte emocionante", dice Becker.

 

"Marc ya está pensando en cómo escalarla. Ya está entrenando para lograrlo".

¿De verdad?

 

"Estoy corriendo otra vez", dice Becker.

 

Becker tiene 54 años. Pero yo no apostaría en su contra. Es un hecho que va a subir esa torre. El sábado fue a cenar con unos amigos a la costa de Jersey -a Sandy Hook, a 40 minutos en ferry desde Manhattan-, desde la ventana la vio brillar al otro lado del puerto de Nueva York y le mandó varias fotos a Pinelli desde su teléfono celular.

 

"Mira con quién estoy cenando", dice Becker a carcajadas. "Con nuestro bebé".

 

Orgullo y honor.

 

"Esa es la verdad".