Hombres con Aura: sí hay placer en el deseo

Hombres con Aura: sí hay placer en el deseo

Este mes nuestra columnista nos cuenta del estreno de su película y nos da un consejo: hay que saber esperar.

Por: María Aura | Fecha: 09/11/12

Queridos señores, antes de comenzar con nuestros asuntos, los quiero felicitar porque el 19 de noviembre se festeja el Día Internacional del Hombre. ¡Sí! También tienen su día y, si no fuera por ustedes, la vida sería sumamente aburrida. Los caballeros son la sal y pimienta de la vida, el limoncito y la salsita en un rico taco. ¿A poco no?

 

Este mes, además de su festejo, estoy feliz porque se estrena mi nueva película, y es muy importante para mí que vayan al cine a verla. Lleva por título Las paredes hablan, y trata nada menos que del amor. En esta cinta, producida por mi hermano, interpreto a tres mujeres con una misma alma, que reencarnan cada 100 años para volverse a enamorar del mismo hombre.

 

Les cuento más: resulta que María y Javier se enamoran en 1810 y, por azares del destino, no pueden concretar su amor. Se vuelven a encontrar en 1910, y para entonces ya se desean mucho más (imagínense cuánto... ¡100 años de amor han pasado!), pero esta vez tampoco pueden consolidar su relación. Finalmente, se vuelven a encontrar en 2010 y, sin saber acerca de sus antecedentes pasionales, la presencia de ambos provoca un nuevo deseo que viene acompañado de un pánico tremendo. Aunque no lo sepan en sus mentes, sus almas saben que tal vez nunca podrán estar juntos. Sin embargo, en el lado positivo, finalmente pueden hacer el amor. Por supuesto que hay explosiones en el cielo cuando esto sucede, pues el universo entero ha estado esperando a que estos enamorados junten de una vez sus cuerpos.

 

Esta situación me pone a reflexionar sobre varias cosas. En la obra de teatro Pongamos que hablo de Joaquín, la última que escribió y dirigió mi esposo, Alonso Barrera, una de las mujeres que actúan le dice al protagonista: "La vida no es una peli porno. Las mujeres no somos actrices porno que se van a la cama con el pizzero a los cinco minutos". Creo firmemente que ésa va a ser la lección de este mes, adorados señores. ¿Se acuerdan que ya habíamos platicado de la lentitud y de cómo no hay que apresurarnos a la hora de entregarnos en la cama? Pues ahora quiero decirles que no hay que apresurarse ni siquiera antes de que llegue "el momento cuchi cuchi" (como solía decir una ex candidata presidencial).

 

Para desearnos y saborearnos como si hubieran pasado tres siglos, realmente hace falta esperar. Dicen que sólo apreciamos lo que nos cuesta trabajo, lo que verdaderamente nos tuvimos que esforzar para tener, y creo que eso aplica también en el amor y en el placer. ¿Cuánto se nos antoja un chocolate o unas quesadillas fritas cuando estamos a dieta? Mucho más de lo que deseamos cuando podemos comerlos sin límites, ¿cierto? Si María y Javier se hubieran ido a la cama (o al pastito, que era su locación en 1810), seguro no hubieran tenido que renacer después para seguir deseándose. En cambio, si nos vamos a la cama con el pizzero que trae la orden como la pedimos, sin duda no querremos renacer para volverlo a hacer ni haber nacido para evitar cometer semejante torpeza.

 

Me imagino que a ustedes les pasará igual: si se van a la cama con la primera mujer que se encuentren medio borracha en el antro, es muy probable que no la querrán volver a ver aunque vivieran 300 años. Tampoco les quedará mayor reserva de deseo, sino hasta que vuelvan a sentir esos cinco minutos de excitación entre que encuentran a su presa y la vuelven a cazar. ¿A poco no es rico el deseo? A veces incluso más que la satisfacción misma de ese deseo.

 

Así que aguanten y frenen un poquito sus máquinas con las mujeres. Yo los veo en un mes. Lo que no deben aguantar son las ganas de ver mi película, porque ésa no permanecerá en cartelera durante tres siglos.