SUDÁFRICA: Detrás de la matanza

SUDÁFRICA: Detrás de la matanza

La masacre en la mina Marikana, es la punta del iceberg de la crisis de corrupción y elitismo que sufre Sudáfrica

Por: Témoris Grecko | Fecha: 25/10/12

 

En los alrededores de la mina Marikana, 100 kilómetros al noroeste de Johannesburgo, Sudáfrica, pelotones policiacos comandados por oficiales blancos encerraron a los mineros negros en huelga en un inmenso corral de alambre de púas, que taponaron con camiones blindados. Un grupo de trabajadores intentó escapar: fue recibido con una cerrada descarga de fuego que duró tres minutos. Treinta y cuatro personas murieron ahí.

 

Esto no es algo que se ve en el Museo del Apartheid, ocurrido hace 20 años, en tiempos del régimen racista blanco. "Creíamos que estábamos teniendo una pesadilla cuando vimos las imágenes de Marikana", declaró el arzobispo anglicano Desmond Tutu, cuya heroica lucha contra el apartheid fue honrada con el Premio Nobel de la Paz en 1984. "¿Esos éramos nosotros? ¡No! Debía ser una imagen de los días horribles de las injusticias y la opresión. Pero no, sí que éramos nosotros, en 2012, en nuestra democracia."

 

La sensación de haber recaído en una olvidada pesadilla fue peor cuando la fiscalía revivió una ley de esa época, injusta y abusiva como era el estilo de aquel régimen, y acusó a los 274 mineros detenidos por las muertes de sus propios compañeros.

 

"Sí? nos sentimos arrojados brutalmente al pasado", dice el periodista sudafricano Lukanyo Bhaqwa. El contexto del drama, sin embargo, hizo que los sudafricanos se dieran cuenta de que ni el pasado ni la pesadilla se habían ido jamás. Las promesas de la Rainbow Nation, la Nación Arcoíris de y para todas las razas que fundó Nelson Mandela en 1994, todavía están lejos de cumplirse. Persisten el racismo, la pobreza, la explotación y la desesperanza.

 

Conocí a Lukanyo en Johannesburgo, en mayo de 2005, y volvimos a conversar en septiembre de 2012. Le conté mi experiencia en México hace siete años, cuando reportar, como lo hice, que en Sudáfrica se practicaba un racismo clasista contra los blancos pobres, que sólo una pequeña élite de negros se había beneficiado del nuevo orden de cosas y que para la mayoría todo iba peor, fue considerado "políticamente incorrecto" y digno de

 

"Si eso ocurría allá, imagina cómo ha sido en Sudáfrica", dijo Lukanyo, nacido en la tribu xhosa y que, como tantos de sus compatriotas, debió soportar una mordaza social e intelectual. "Estaba mal señalar las deficiencias del gobierno del Congreso Nacional Africano (cna). Era como traicionar su esfuerzo histórico, la lucha por la liberación. Te calificaban de racista contra tu propia raza, de esclavo intelectual de los blancos."

 

Los problemas existían, aunque los negaran. La masacre de Marikana solo fue la expresión sangrienta de las fracturas sociales existentes y de la crisis a la que está arribando el sistema post-apartheid. El descontento está siendo canalizado por políticos en busca de causas para promover agendas personales.

 

El más destacado es Julius Malema, un xhosa de 31 años que ha sido condenado por sostener un discurso de odio contra los blancos; que es sujeto de investigaciones por corrupción; que se manifiesta admirador de uno de los dictadores africanos más desastrosos, el presidente zimbabuense Robert Mugabe; que se está montando en el movimiento minero para llamar a una "revolución económica"; que ha empezado a movilizar a grupos de soldados; y que, ante un vacío de liderazgo en el país, está logrando ser visto por muchos como el dirigente que le falta a la nación.

 

¿Sorprendente? Era una de las consecuencias previsibles para un régimen de partido hegemónico, instalado con tal consenso nacional e internacional que logró crear un clima de censura hacia la crítica, y en el que los principios de justicia social fueron desplazados por los intereses de las cúpulas políticas y empresariales.

 

Ésta es la historia de una nación que está cerca de perder el arcoíris y quedarse de nuevo con los dos colores que han predominado a lo largo de su historia: no el negro y el blanco, sino el amarillo del oro y el rojo de la sangre.