Arden las elecciones en USA

Arden las elecciones en USA

Obama tuvo la ayuda de Hillary Clinton y Mitt Romney para superar la crisis del video de Mahoma. Pero no es tan fácil.

Por: Témoris Grecko | Fecha: 15/10/12

 

 

En Medio Oriente pocas cosas se pueden dar por seguras, más allá del momento preciso en que se conocen, y esto es peor cuando se presentan en conjunción con la volatilidad de las campañas presidenciales en Estados Unidos. Asumiendo los riesgos, al cierre de esta edición podemos decir que el presidente Barack Obama y su secretaria de Estado, Hillary Clinton, manejaron razonablemente bien una crisis que tenía el potencial de descarrilar la reelección del primero; además, para esto contaron con la ayuda del contendiente republicano, Mitt Romney.

 

Cien años de arrogancia imperial le enseñaron al mundo que uno no puede andar por ahí matando embajadores estadounidenses sin pagarlo caro. Como declaró el 18 de septiembre Salman Rushdie al canal de noticias msnbc: la realización de un video de sorprendentemente mala factura, en tiempos electorales y plagado de bajas ofensas contra el profeta Mahoma, estaba -claramente pensado para provocar, y obviamente desató una reacción mucho más grande de la esperada-, esto es, protestas en varios países que culminaron con numerosas muertes, incluidas la del representante de Washington en Libia, Christopher Stevens, y tres compatriotas suyos, este 11 de septiembre.

 

Ya no son los tiempos en que Estados Unidos podía hacer cualquier cosa y salir impune. Ronald Reagan no hubiese parado sin destruir unos cuantos edificios llenos de supuestos temibles terroristas, por lo menos. Obama y Clinton sabían que una reacción excesiva conduciría a un agravamiento de las cosas. Lidiaban también, por supuesto, con el hecho de que muchos de sus electores desconocen o se niegan a aceptar esta realidad, la de una disminución del poder de su país, y querrían ver volar los misiles Tomahawk.

 

Con eso contaban los fabricantes del video: no con la muerte de Stevens, pero sí con manifestaciones de extremistas que, expuestas en las pantallas televisivas, justificarían su argumento de que todos los musulmanes son unos salvajes peligrosos y forzarían a Obama a cometer un error: o excederse con un típico desplante presidencial de machismo que le complicara el escenario, o demostrar que, como siempre han sostenido los republicanos, los demócratas son demasiado pusilánimes para conducir la política exterior de la principal potencia del mundo.

 

Barack Obama y Hillary Clinton mantuvieron la calma: les explicaron a los indignados que sí, el video en cuestión es nefasto, y también que de cualquier forma nadie les va a decir a sus ciudadanos lo que pueden o no pueden decir. Y les recordaron a los gobiernos árabes su obligación de proteger las embajadas extranjeras.

 

La más elocuente fue Clinton, el mismo 11 de septiembre: "Estados Unidos deplora cualquier esfuerzo intencional por denigrar las creencias religiosas de otros ("). Pero permítanme ser clara: no hay justificación para actos violentos de este tipo".

 

Tras el asesinato de Osama bin Laden y otros éxitos, Obama les había arrebatado el monopolio de la eficacia en política exterior a los republicanos, a quienes, por otro lado, tampoco parecía estarles funcionando la denuncia de la política económica del gobierno. La muerte de Stevens y las protestas pudieron hacerle mella al presidente y devolverle a la oposición la iniciativa en temas exteriores.

 

Si existió esta posibilidad, el propio Mitt Romney se ocupó de conjurarla al apresurarse a criticar la respuesta de Obama antes de que se hubiera producido, y pasar así por oportunista y desleal en momentos delicados. Como tuiteó el 12 de septiembre Daniel W. Drezner, blogger de la revista Foreign Policy: "Si él (Romney) se hubiera contenido, los medios hubieran hecho el trabajo por él". Pero no se contuvo.