La herencia de Steve Jobs

La herencia de Steve Jobs

Un año después de la muerte del fundador de Apple, la pregunta no es cuánto se le extraña, sino por qué.

Por: Tom Junod | Fecha: 11/10/12

 

"Steve siempre fue un gran pensador", dice John Lasseter. "Veía las cosas desde un punto de vista que a ti nunca se te hubiera ocurrido. Y era un gran visionario: no se adelantaba tres pasos, sino veinte. Para todos nosotros representaba un par de ojos frescos y, cuando le presentábamos algo, quizá no sabíamos lo que vería, pero sabíamos que vería algo. Siempre tenía uno o dos comentarios tan profundos que provocaba que te rascaras la cabeza y pensaras: 'claro, es cierto'.

 

"Una vez le enseñamos WALL-E cuando faltaban sólo cuatro meses de animación. Hicimos una presentación especial para Steve, y siempre hacía lo mismo cuando tenía que decir algo -se recargaba hacia atrás y subía los pies a la mesa-. Respiraba profundo, formulaba sus palabras, y pensaba durante algunos segundos-. La expectación siempre era emocionante, pero también era de muerte".

 

¿Y qué le dijo Steve Jobs al director creativo de Pixar sobre WALL-E? ¿Qué palabras ejemplificaban su gran manera de pensar, su profundidad, su genialidad? "¿Qué es lo que nos dijo Steve Jobs? Dijo: 'Los primeros 20 minutos son de lo mejor que he visto'. Luego agregó: 'Pero después de eso, no sé de qué se trata. ¿De qué se trata?'. "Nos quedamos atónitos".

 

Steve Jobs murió hace un año de cáncer, como mucha gente, aunque tuvo una muerte única que nos hizo llorarlo a él, pero también lamentarnos -algo del espíritu geek se había ido para siempre-. En vida, hizo llorar a la gente con su carácter despiadado; ya muerto, hizo llorar a la gente por el hecho de que nunca más se emocionarán tanto con el lanzamiento de un nuevo producto para el consumidor. Fue elogiado como el hombre que encarnaba la innovación, pero también la inocencia estadounidense. Provocaba la sensación de que puedes salir de cualquier situación mientras desarrolles cosas increíbles.

 

Un año más tarde, resulta ser un hombre cuya muerte se lamenta, pero a quien no se le extraña mucho. Apple ha sobrevivido sin él; Estados Unidos también. La muerte ha hecho lo que Steve sabía hacer: "Ser un agente de cambio para la vida". El hombre que entendió el futuro ahora está en peligro de pasar a la historia como el protagonista de una fábula acerca del costo de ser un genio. En vida, sus fracasos personales se le perdonaban porque echaban a andar los productos; ahora que murió -a diferencia de los productos que creó, que siguen vivos- sus fracasos personales se volvieron parte de su legado. Se consideraba irremplazable; ahora nadie quiere reemplazarlo, y vive con la reputación de un cabrón inmortal.

 

De modo que, con la cercanía del aniversario de su muerte, le llamé a dos hombres que sí lo extrañan: John Lasseter y Ed Catmull, el equipo detrás de Pixar. Tenían todas las razones del mundo para extrañar a Steve Jobs. Compró la compañía cuando era parte de Lucasfilm; su única orden fue "háganlo increíble". En palabras de Lasseter: "Nos apoyó durante nueve años de perder dinero, nos daba un cheque de su cuenta personal cada semana, cada trimestre. Se la jugó en grande cuando hizo la compañía pública unos días después del estreno de Toy Story. Y le dio al clavo. Le atinó".

 

Jobs se volvió su negociador; también su músculo. Protegió a Pixar de las intrusiones de Michael Eisner, de Disney, como si se tratara de defender Stalingrado; luego le vendió la compañía a Disney, cuando Bob Oger reemplazó a Eisner y Jobs sintió que podía confiar en que éste preservaría la cultura de creatividad corporativa que había prevalecido en Pixar. Diseñó la sede de Pixar, no para fomentar esa cultura, sino para volverla sagrada. El éxito de permitir y luego institucionalizar el espíritu de las historias de Pixar fue lo que suavizó el dolor de su muerte, incluso para Lasseter y Carmull.

 

"De alguna manera estaba todo planeado", dice Lasseter. "Era nuestra luz en el camino. Era el capitán de nuestro barco, con la visión amplia, la mirada varios kilómetros hacia el frente" -y supo antes que nadie que tenía que preparar las cosas para aquel día en que esa visión no lo incluyera-.

 

Sin embargo, no llamé a Lasseter y Catmull para enterarme de lo que Jobs había hecho por ellos. Llamé para enterarme de por qué lo extrañaban, para ver si lograba enterarme de por qué nosotros deberíamos extrañarlo también. Llamé para saber lo que decía, lo que hacía, lo que les daba no al inicio sino al final; quería entender el hueco que había dejado con su ausencia. Pregunté una y otra vez, y al final, esto es lo que me dieron: "Dijo: 'No sé de qué se trata'". "Nos quedamos atónitos. Terminamos trabajando de nuevo el segundo acto y reanimando dos secuencias enteras en respuesta a lo que nos había dicho".

 

Siempre ha habido discrepancia sobre lo que Steve Jobs fue capaz de lograr -su producción en serie en diversas industrias- y la forma en que lo consiguió. Fue reconocido universalmente por su genio; sin embargo, mucho de lo que dijo e hizo suena absurdamente obvio. Se le celebraba una elocuencia extraordinaria; no obstante, en el registro de sus apariciones públicas pulula la banalidad. Murió como "Nuestro Leonardo", sólo que Leonardo de hecho pintaba y dibujaba, y no hay constancia de Leonardo diciendo que otros pintores fuesen "estúpidamente geniales" o "una mierda". Resulta que Jobs no es tanto un artista, sino el mecenas más inspirado de todos los tiempos, un titán del gusto, que tenía la reserva de voluntad necesaria como para contagiar su entusiasmo.

 

Esto no significa que fuese el emperador desnudo. Era, más bien, el emperador que insistía en ponerse la misma ropa para decirle a todos los otros emperadores que ellos sí que estaban desnudos. "Jugó un papel realmente importante", dice Catmull. "Mientras nosotros hacíamos nuestras películas, él era el tipo que decía la verdad".

 

Y eso era lo que dejaba atónita a la gente. Por eso, cuando lamentábamos la muerte de Steve Jobs, no podíamos sino lamentar la muerte de algo en nosotros mismos. Estaba dispuesto a ser honesto. Le decía la verdad a gente acostumbradísima a no escucharla, y como sabía consentirlos pero también aterrarlos, recibían cada uno de sus pronunciamientos como la emanación de un oráculo.

 

Entonces, ¿qué es lo que Ed Catmull extraña? "Cada dos o tres meses, necesitamos esa articulación clara de algo que debería resultarnos obvio, y esa habilidad es irremplazable".

 

¿Y cuál fue el último consejo que Steve Jobs le dio a John Lasseter? Le dijo, simplemente: "Sigue haciéndolo increíble".

 

No suena como una gran cosa. No suena como nada. Después de todo, no fue la primera persona que le dijo algo así a Lasseter. Pero fue la última persona que de verdad lo sintió.