El Extintor: No puedo dejar de mirarte

El Extintor: No puedo dejar de mirarte

Nuestra colaboradora pasó un fin de semana con un viejo amigo. Vestido corto, dos botellas de vino y una maleta pequeña. El resto es historia.

Por Patricia Monge | Fecha: 11/09/14

 

Mauricio llamó invitándome a pasar el fin de semana en su casa de campo. Llevaba una temporada sin moverme de la ciudad y sin verlo. Apenas lo tuve enfrente, me abrazó y besó. "Estás igual que siempre", dijo con una gran sonrisa. "Vamos, este fin de semana la pasaremos fantástico, vendrán otros amigos. Te encantarán", comentó, dándome otro beso.

 

Esa misma tarde paseamos tomados del brazo, poniéndonos al día de nuestras vidas. Me sentí como en algún pasaje bucólico de Madame Bovary: "Algunas sensualidades son universales y eternas".

 

Cuando regresamos a la casa, el resto de los comensales ya había llegado, Andrew, Quique e Ivonne. Mauricio nos presentó y fue a servir las bebidas. Nos integramos todos con mucha facilidad. La charla giraba en torno a los prejuicios y clichés a la hora de un affair o una relación con algún compañero de oficina. "La adrenalina de ser descubiertos en un baño por algún colega aumenta el deseo y da mucho morbo", comentó Quique, mientras le dirigía una sonrisa de complicidad a Ivonne. Brindamos. "Tan cierto como que el voyeurismo y exhibicionismo son inherentes a la sensualidad", añadí con picardía. Todos sonreímos con familiaridad.

 

 

La escena voyeur era cada vez más excitante y mi deseo comenzaba a erramarse en mi entrepierna.

 

 

Mauricio se fue a la cocina. Andrew y yo lo seguimos. Andrew nos contó que Quique e Ivonne "dos amigos de la oficina de diferentes departamentos" llevan un par de meses viviendo un ardiente amasiato. Estaba yo a punto de salir con una botana hacia la sala, cuando me detuve en el marco de la puerta viendo las hermosas piernas de Ivonne, ya sin pantalones, sobre las de Quique. Andrew y Mauricio también se detuvieron y se quedaron a mi lado. Ella estaba sentada sobre él y arqueaba su espalda, ofreciendo sus redondos pechos. Él le quitó el bra, dejando un par de pezones rosados y bien erguidos, expectantes de ser degustados. Los besó y tocó con la punta de la lengua , luego los lamió. Escuchamos los gemidos de Ivonne, que eran delicados e inconfundibles. Él le sujetó las caderas y comenzaron a moverse suavemente. Mauricio fue a dejar los platos. Con las manos libres, despejó el cabello de mis hombros y comenzó a masajearlos. Andrew nos miró.

 

Los tres nos deleitábamos mirando la cachonda escena entre Quique e Ivonne, mientras ella lo besaba apasionadamente. Los cuerpos de ellos parecían haberse fundido. La escena voyeur era cada vez más excitante y mi deseo comenzaba a derramarse en mi entrepierna. Mauricio, que bien me conoce, lo supo de inmediato. Deslizó su mano por mi cintura y me ciñó a él. Andrew permanecía atento a cada movimiento con la clara intención de participar. Sujeté su brazo y lo besé. Sus labios eran tibios y deliciosos. Sin apartar la vista de la sensual pareja, el deseo envolvía las dos escenas. Mauricio extendió su mano por debajo de mi vestido. Andrew respondió pellizcando mis pezones. Mi deseo explotaba.

 

Volví a mirar a la pareja y vi los ojos de Ivonne clavados en los míos; me puse más cachonda. Un puente cómplice de sensaciones y erotismo se tendió entre ambas: el placer de mirar y ser mirado. Las dos suspiramos al unísono, como si en ese instante nos hubiéramos hecho siamesas; volvimos a gemir. Las dos expuestas al deleite de los agasajos recibidos. El orgasmo de ella, que escuchamos y vimos, fue exquisito. Una perfección de sensualidad femenina derramada por los poros de la piel de esta fantástica mujer. Seducida por la imagen, me dejé llevar hasta verter mi néctar de mieles sobre los dedos de mis amantes. Gemí satisfecha, colmada de satisfacción y libertad.

 

La tarde caía. Mauricio, Andrew y yo nos besamos. Ivonne hizo un gesto amistoso para que nos acercáramos. Lo hicimos. Fue el mejor fin de semana en años.