Dos países una ficción

 
 

Por: Jaqueline Pérez

 

César Silva Márquez

 

Ingeniero y escritor, 40 años, Ciudad Juárez, Chihuahua

 

No quería escribir sobre narcos, por eso escribí sobre las muertas de Juárez. Intenté vengarlas. La tesis de  mi última novela, La balada de los arcos dorados, es que la justicia está en las propias manos.

 

Tengo la suerte y la desgracia de ser de Ciudad Juárez. Ese lugar me lo dio todo, es una parte importante de mí. Siempre cargaré con esa ciudad, incluso tengo un tatuaje en la espalda en el que un arco simboliza el puente fronterizo y una línea representa el Río Bravo.

 

No creo hacer literatura de frontera, pero si deciden clasificarme dentro de ese parámetro no me preocupa ni me afecta. Mientras la gente me lea y le guste lo que hago puede llamarme como quiera.

 

No creo en la literatura como denuncia pero sí creo que con buenos libros, películas y televisión podemos ser menos violentos. Con más cultura en las artes hay más serenidad. Al menos así es en mi experiencia.

 

Uno puede asustarse y matar a muchos personajes en sus novelas, pero es preferible hacerlo en la ficción que en la vida real o ver esa situación en cualquier calle. La literatura te permite divertirte, aprender y a la vez te da paz. Con ella puedes desahogarte. Por eso no hago documentales y sí literatura. Me voy por la ficción porque no sabría hacer periodismo.

 

Elegí a mis personajes principales de tal manera que fueran superhéroes divididos en dos. Luis Kuriaki es un joven periodista muy tranquilo, como Bruce Wayne, y el policía es violento y rudo como Batman. También decidí que fuera un periodista porque a diferencia del policía que puede indagar y está protegido por su placa, al periodista no lo protege absolutamente nada. Es muy dura su labor  y quería reflejar eso.

 

Las mujeres en mis obras son interesantes porque están inspiradas en personas reales. Son inteligentes, fuertes, nada tontas y realizan muy bien su trabajo. Hasta este momento no he tomado a una mujer como protagonista porque creo que saldría un personaje muy fuerte y sería como un personaje masculino. Por eso prefiero que sea la que lo acompañe, pero que sea igual de importante, que al final vayan a la par en todos los sentidos.

 

Los premios para mí representan pagar deudas. Publicar es una de las cosas más difíciles que hay y el premio no te hace ni bueno ni malo, sólo sirve para que las editoriales te volteen a ver. Uno no escribe para los premios, uno escribe para poder comunicar.

 

Siempre me gustó escribir y he tenido distintos cambios de una obra a otra. El oficio se aprende escribiendo. No hay libros ni nadie que te enseñe a hacerlo. Es como subirse a una bicicleta: la primera vez es difícil pero luego que aprendes, tienes que pedalear y pedalear. Es cuestión de práctica. También hay que estar consciente de lo que se quiere hacer: no es lo mismo escribir una novela que poesía.

 

Mi próximo proyecto es El hombre de nieve que sale el año siguiente bajo el sello de Almadía y fue acreedor al Premio Bellas Artes de Cuento San Luis Potosí en 2013.

 

 

 

 

José Eduardo Agualusa

 

Escritor y periodista, 54 años, Huambo, Angola

 

Hay situaciones tan irreales, horrendas o absurdas que nadie las toma en serio si se abordan en un reportaje. Parecen más verdaderas bajo el manto de la ficción, que hace que resulten más inquietantes y orillan a las personas a generar preguntas. Todo proceso de cambio empieza por una pregunta.

 

Mi libro está lleno de voces. Es exuberante y violento. Por eso decidí llamarlo Barroco tropical.

 

El escritor africano Virgílio de Lemos acuñó el término de “barroco tropical” para referirse a las obras que se distinguen por su exuberancia. Mi estilo es mucho más conciso y discreto, pero el contenido de este libro sí cabe bajo la etiqueta del barroco por sus personajes y situaciones, que van desde los milagros hasta los ángeles negros.

 

Angola es un país con una rica tradición oral. Crecí escuchando sus historias populares. Muchas me sorprendían, cuando era niño, por lo que había en ellas de maravilloso o incluso de surrealista. Son historias que no respetan nada de la lógica occidental.

 

Es un país de grandes contadores de historias y de personas con mucha vida; quiero decir, con una vida casi siempre agitada. Esto tiene que ver con el proceso político complejo que el país ha atravesado durante los últimos 50 años: primero como colonia portuguesa, después independiente, bajo un duro y muy delirante régimen marxista, y luego sujeto al más feroz capitalismo. La capital de Angola, Luanda, es una urbe que atrae a todo tipo de gente, desde campesinos que llevan a la ciudad su mitología particular, hasta aventureros que llegan de todo el mundo en busca de fortuna.

 

Mi personaje principal, Bartolomeu, viene de Las mujeres de mi padre (2007), una de mis novelas anteriores. Él comparte conmigo ciertas convicciones y aspectos biográficos. Siempre me ha gustado el coqueteo entre la ficción y la realidad. Me gusta atravesar las fronteras y así lograr que el lector se inquiete y desconcierte. Toda ficción alimenta la ambición de confundirse e incluso de lograr transformar la realidad.

 

Un hombre sólo se conoce a sí mismo después de haber vivido sujeto al miedo. Por eso es un elemento muy importante en mi obra, porque he vivido buena parte de mi vida ligado a él, incluso mientras escribía este libro. Quise mostrar cómo es que el miedo degrada y envilece a las personas a las que afecta.

 

Los individuos  son esencialmente iguales en todas partes. En cualquier geografía y cultura he encontrado gente que comparte mis obsesiones ligadas a la memoria y a la búsqueda de la identidad. También coincidimos en la fascinación por lo maravilloso, en prestar atención a los milagros de la cotidianidad y en sentir una pasión enorme por la vida.

 

Creo que la mayoría de los problemas que pueden tener los escritores son por lo que dicen en entrevistas o por sus participaciones en la política, pero rara vez por lo que escriben en sus novelas.

 

Siempre me ha parecido que un buen libro tiene que ser capaz de lograr un equilibrio entre forma y contenido. Pero por otro lado, al escribir, estoy consciente de los límites de mi talento y de lo que puedo hacer con ello.

 

Crecí entre libros porque mi madre era profesora de Literatura. Estaba rodeado de Juan Rulfo, Jorge Luis Borges, Gabriel García Márquez, Jorge Amado y Rubem Fonseca. Creo que, en realidad, gran parte de la literatura latinoamericana y las obras de un Jorge Amado o de un García Márquez exploran muchos de los aspectos de mi tierra y por ello son también, en gran medida, africanas. Este territorio también es nuestro.

 

 

Barroco tropical de José Eduardo Agualusa y La balada de los arcos dorados de César Silva Márquez puedes encontrarlos en Editorial Almadía.

 

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