María Sharapova: la diosa está en la cima

Es una garantía en la cancha. Ahora, con 26 años recién cumplidos, Maria está dispuesta a arrasar con el resto del mundo.

Por: Xavier Velasco | Fecha: 28/11/13


Masha, suelen llamarla desde niña, si bien ya en esos tiempos era literalmente una amenaza. Siberiana de origen, aterrizó en Florida con siete años de edad y tres de maniobrar la carabina que en otros no pasaba de ser una raqueta. Cuando alcanzó los diez, ya gozaba del patrocinio de un puñado de marcas comerciales y se había hecho de un prestigio carnicero entre niños mayores y adolescentes, varios de ellos campeones masculinos a los que avergonzaba sin una pizca de misericordia. La tarde en que arrasó con los cañones de Serena Williams en la final de Wimbledon 2004, Maria Sharapova tenía diecisiete años cumplidos, el aplomo insolente de una fuera de serie y las maneras de una estrella vitalicia.

 

 

Yuri Sharapov es uno de esos padres querúbico-tiránicos que empeñan la existencia, cuando no los haberes familiares, en transformar a uno o más de sus niños pequeñitos en el campeón que ellos quisieron ser. De Mike Agassi a Peter Graf, de Richard Williams a Christos Baghdatis, la lista es tan nutrida como sus integrantes megalómanos. Una vez que se precia de encontrar dotes extraordinarias para jugar al tenis en la pequeña Masha, Yuri hará una cruzada familiar del reto de formar una campeona, tanto así que con grandes sacrificios migrarán del Mar Negro a la costa de Florida con la sola intención de pavimentar su camino al top ten del tenis mundial. A la edad en que el resto de los niños lidian con el inicio de la escuela primaria, Masha cargaba en su sola raqueta la última esperanza de los suyos, y de paso el poder de algún día demostrar que no estaban completamente locos.

 

 

No es de extrañar que la aguerrida Masha se armara con poderes extraordinarios, si en cada golpe había que calmar la zozobra de quien lo había apostado todo por sus golpes presentes y futuros, de manera que nadie sino ella podría ya sacarlos de la miseria; no cumplía los once y ya lo había logrado. Cuando al fin debutó en la Cancha Central de Wimbledon, hacía tiempo que la joven María formaba parte por mérito propio de una nueva familia acomodada. Era una adolescente dura y a un tiempo seductora, consciente de su encanto natural y dueña de unas dotes histriónicas en tal modo oportunas y efectivas que los nuevos sponsors no pudieron por menos de sumar el carisma a la fotogenia.

 

 

 

 

Maria es glamurosa desde el mismo ritual entre ideático y frívolo que escenifica en cada nuevo servicio. No en balde Novak Djokovic cuenta entre sus mejores imitaciones la de la Sharadiva en acción. Hosca en los vestidores y pasillos, Masha se ha hecho la fama de retraída, cuando no defensiva o desdeñosa, si bien la mayoría la recuerda mejor jugando a ser fotógrafa de su perrito o siguiendo la broma del parodiador serbio en sendas sagas de comerciales para televisión. Al final, dentro o fuera de la cancha, Maria Sharapova no acepta que la ignoren, y se diría que nunca deja de competir. Igual que en su momento Jimmy Connors se ganara la fama de lobo solitario, la hija del bielorruso clarividente sabe que va a una guerra solitaria y ha de ser lo bastante dura para librarla sin contemplaciones.

 

 

Masha es algo más alta que Roger, Nole o Rafa, y los tres pasan de 1.85. Cuando uno se la topa por sorpresa -primero en un pasillo insospechado, luego a la entrada de una rueda de prensa- la impresión equivale a un 6-0 6-0 en su favor. Si Serena intimida a sus contrarias con miradas felinas, músculos excesivos y golpes retumbantes, María hace lo propio a partir de su condición de torre inexpugnable, más una agilidad poco frecuente entre los gigantones. En un día inspirado no hay por dónde ganarle, pero hay tardes en que ella se vence sola, como si le escasearan las certezas que de niña solía derrochar.

 

 

La carrera de Maria Sharapova se divide en dos épocas: antes y después de la cirugía. Presa de una lesión recurrente en el hombro, la estrella siberiana subió y bajó del número uno del mundo hasta un día acabar en el quirófano y sumirse en el limbo de una larga y penosa recuperación, de la cual volvería en 2009 para reptar hacia afuera de un hoyo en el ranking mundial: decenas más allá del número cien.

 

 

Como Rafa Nadal, Masha es una guerrera que se crece al castigo y no sabe lo que es cejar en un empeño. Antes se le ve muerta que rendida; si quedaba un atisbo de posibilidad de recobrar el tenis que la llevó a ganar el Abierto Australiano y el de Estados Unidos, pocas habría como ella para sacarle jugo y volver a la cima como a su casa. Por lo pronto, su popularidad seguía en ascenso, ganara o no por fin su cuarto Slam -un caso similar al de Ana Ivanovic, la serbia rutilante que no necesitó más de un Roland Garros para ser preferida por decenas de anunciantes y patrocinadores, a los que también hace sufrir y suspirar alternativamente-.

 

 

 

 

A la rubia soberbia se le reprocha una vieja manía que con el tiempo se ha convertido en arma: ese intenso pujido que se fue haciendo grito con los años, exhalado primero y voceado después con cada nuevo golpe de raqueta. Un alarido agudo y beligerante cuya explosión evoca los gritos destemplados de las artes marciales. Hay quien malicia, incluso, que el ardid es producto de la mente torcida de Papá Sharapov, cuya fama de zafio y atrabiliario parece por lo menos compatible con la tesis del grito de guerra. ¿Intimidan, distraen, sobresaltan los alaridos de la hija prodigio del belicoso Yuri?

 

 

"Llevo toda la vida gritando en cada golpe, no lo puedo cambiar a estas alturas", se defiende Maria, pero vale insistir en el volumen: ¿Cómo es que los jadeos del 2006 se hicieron los berridos del 2008? En todo caso, nadie se atreverá a poner en duda la vehemencia carnívora que acompaña a cada uno de esos tiros tras la línea de fondo que transforman la cancha enemiga en una suerte de plancha candente. "Lástima de servicio", se lamentan aún hoy sus seguidores ante la inconsistencia de su saque. Nunca es lo mismo, al cabo, sanar de una lesión que sacudirse el miedo a su fantasma.

 

 

Nunca fue la de Masha una guerra sencilla, pero le sobran armas para librarla. Tras perder la final de Wimbledon 2011 frente a Petra Kvitova, y una vez más desmoronarse en sets consecutivos ante el cañón de Victoria Azarenka en la final de Australia 2012, la empeñosa Maria completó su Grand Slam de carrera con el trofeo de Roland Garros. Una hazaña seguida por su regreso a la cima del ranking y la medalla olímpica de plata, gestas no obstante menos fotogénicas que la estampa triunfal de Maria Sharapova con la bandera rusa entre las manos, encabezando a su delegación en el Estadio Olímpico de Londres.

 

 

La mayoría, es cierto, se pone de su lado menos porque la quiera ver campeona que por el gusto de volver a contemplar su figura en la próxima ronda, pero los tennis freaks solemos admirarnos mejor ante el carácter férreo de la sargento estrella que descubrió el teniente Sharapov. Nada la dobla, y menos un marcador adverso; nadie más que su sombra la intimida, y aún con el viento en contra y el marcador encima sus aullidos no cesan de cimbrar el subsuelo del campo de batalla. O será que es el puro efecto emocional, destinado quizás a socavar el precario equilibrio del enemigo. Para acabar más pronto, me temo que Bruce Lee no lo haría mejor.

 

 

En su divertidísima autobiografía, André Agassi recuerda con sentimientos turbios y contradictorios el régimen de clausura espartana que vivió en la famosa academia de tenis de Nick Bollettieri, que es justo donde Yuri Sharapov inscribió a su campeona en gestación. Más que un mero centro de entrenamiento, un prototipo de cuartel de batalla donde el tenis se aprende como una ciencia bélica cuya meta es borrar al enemigo: una vez que se quita el uniforme, la rubia de esta historia podrá ser una artista del candor fotogénico, pero allá donde silban las balas amarillas no acostumbra tomar prisioneras. Busca enterrarlas vivas, sin perder la sonrisa ni el candor.

 

 

Masha nació un Domingo de Pascua. Odia que le pregunten si hay alguna campeona legendaria cuyo ejemplo quisiera seguir, porque entonces tiene que repetir que su modelo de tenista es nada más ni menos que ella misma. Por algo, a estas alturas, se ha lanzado como empresaria y ha debutado en los negocios con su propia línea de golosinas dulces y coloridas: la marca Sugarpova. Por si alguien aún dudaba que en el fondo de aquella fiera rubia se oculta un corazón de caramelo.