Ana de la Reguera, perfección

Un orgullo nacional, que ha estado en más de 30 películas y series de televisión, y ahora es toda para nosotros en un paraíso del pacífico mexicano.

Por: Leonardo Manzo (fotos) | Fecha: 28/12/12


"No traigo calzones", dice Ana, vestida con su bata de hotel. Así inicia nuestra aventura, con esta agitadora frase que suelta sin mayor advertencia al comenzar el día. Ana acaba de entrar al comedor, donde todo el equipo se prepara para el desayuno previo al shooting con ella. Esas tres palabras se repiten en mi cabeza una y otra vez a lo largo del día, hasta que más tarde me entero de que no es la primera vez que le sucede: "Una vez, en Turquía, perdí el vuelo de regreso y sólo traía conmigo un traje de baño. Y nada más". Me lo dice medio en broma y medio en serio, pero con suficiente encanto como para que le crea la anécdota. Así es Ana de la Reguera.

 

La has visto en las repeticiones que pasan en televisión de Por la libre, o la recuerdas como la monja que impulsa la carrera de Jack Black como luchador en Nacho Libre; también en Capadocia, en la que realiza una actuación memorable enfundada en un overol azul que le cubre el cuerpo por completo (todo lo contrario a estas fotos... porque ya viste las fotos primero, ¿cierto?). Pero la realidad es que sobran las presentaciones, porque la conoces mejor simplemente por ser Ana de la Reguera, esa guapa veracruzana que ha triunfado por aquí y por allá. No importa si aparece en televisión o en cine, ahí estás con el boleto listo o el control remoto en la mano para asegurarte de que nadie se interponga entre ella y tú.

 

Pero volvamos a la frase inicial (sé que tampoco la has olvidado), que debo aclarar porque no se trató de una propuesta indecorosa. Ana se refería a que, en ese preciso momento, no traía ninguno puesto por no ser previsora. Había llegado a Cuixmala, sede del shooting, tras una serie de vuelos entre Los Ángeles, la Ciudad de México y Manzanillo, y entre tantos cambios de maleta y ropa se olvidó de empacar más calzones.

 

Termina la hora del desayuno. Ana está lista para que la maquillen y peinen, mientras yo busco la manera de quitarme los nervios. Me siento en la esquina de uno de los espectaculares rincones de este centro de descanso y, cuando volteo, tengo a la actriz frente a mí. Sólo pienso en esa bata blanca? mejor rompo el hielo.

 

-Tienes una enorme capacidad de poner nervioso a cualquier hombre-, le digo.

-No es cierto. ¿Tú crees?-, me sonríe, como aparentando que no entiende a qué me refiero. Sin embargo, le agradezco que hable como si nos conociéramos desde hace años; me hace sentir cómodo. Continuamos una plática informal casi durante toda la sesión de fotos.

 

Conforme avanza el día, me queda claro que Ana de la Reguera se siente a gusto entre hombres. Es una mujer con quien se disfruta comer, no sólo por el atractivo visual, claro, sino por su fluida plática. A la menor provocación capta el doble sentido en un chiste, más rápido que todos los hombres presentes. Le echa la culpa a su tierra natal: "En Veracruz somos auténticos, bromistas, relajientos y bailadores. Somos muy albureros y chismosos, pero eso sí, muy alegres".

 

Durante la sesión fotográfica no le molesta ser ella quien le pase una cerveza a otra persona del equipo o, incluso, pedirle a alguien de su plato mientras llega su comida. Quiere formar parte de este grupo, tal vez para sentirse más cómoda. Parece no darse cuenta de que estamos aquí por ella.

 

"¿Quién se encarga del photoshop?", pregunta en voz alta en cierto tono de broma (como si fuera necesario abusar de esa herramienta contigo, Ana). "Me tienen que echar la mano, ¿eh?". Durante la sesión me doy cuenta de que, en efecto, estaba bromeando. Sin rastros de inseguridad, la guapa actriz hace todas las poses que le pide el fotógrafo.

 

-Supongo que te ha servido ser actriz para desarrollar esta seguridad y estas habilidades para modelar-le digo.

 

-Mucho. En la obra Nadando con tiburones [que presentó a principios de este año, al lado de su amigo Demián Bichir] interpreté a una productora que vivía en un mundo de hombres, un mundo de tiburones. Ser una mujer entrona me ha servido mucho para enfrentar estos retos.

 

Y no sólo habla de las fotos. En nombre de su fundación, VeracruzANA, se ha sentado a negociar con gobiernos e iniciativa privada para llevar recursos a La Antigua, un pequeño poblado de su estado natal que quedó devastado tras el paso de un huracán hace dos años. Su atractivo no le estorba a la hora de la política y las relaciones públicas.

 

-¿Cómo puedes negociar con un gobierno un día y luego venir a hacer unas fotos como éstas? -le pregunto.

 

-Hay que ser completa. No porque te guste verte bien dejas de ser una persona inteligente. Puedo platicar sobre aretes y maquillaje y mañana estar con un gobernador para ver cómo drenamos un río. Aprendo de los dos mundos. Debes tener mucha información y cultura para saber de moda, y lo mismo para saber de puentes y muelles. Ninguna de las dos es menos importante.

 

Y vaya que está interesada en la moda y en cómo se ve. Después de platicarme sobre la importancia de los mánagers y publicistas, no duda en tomar sus propias decisiones sobre el vestuario, las poses y todo lo que tiene que ver con el shooting. Tanto le gustó su vestimenta con la blusa de mezclilla que se la dejó puesta mientras comía con el resto del equipo.

 

Comienzan las tomas en la alberca. Parece que entre menos ropa, está más a gusto. Sabe muy bien qué quiere mostrar y qué no, y nosotros estamos más que satisfechos. Es justamente esa seguridad de saber lo que quiere la que provoca que se vea más sexy. Ha llegado el punto donde debe decidir si se quita la blusa o se deja una camiseta de algodón, sin nada debajo. Decide lo segundo y el agua hace su trabajo. El tiempo parece transcurrir a una velocidad más acelerada y, cuando me doy cuenta, está de nuevo frente a mí, lista para dedicarme más tiempo.

 

-Métete a la alberca conmigo -me dice, sumergida en el agua hasta el cuello, no menos atractiva. Estoy más que listo para hacer la entrevista. ¿La grabadora no es resistente al agua? No me importa. ¿Hay muchos moscos? No me molestan. ¿Está por oscurecer? Lo puedo superar. Que comience la entrevista con Ana, en la alberca, topless, sin protocolos. Y obvio, yo también adentro.

 

ESQUIRE: Nos sorprendió tu regreso en Capadocia. Ahora que está a punto de terminar, ¿en qué otro proyecto te veremos?

ANA DE LA REGUERA: En enero comienzo a filmar El crimen del cácaro Gumaro, una película de Emilio Portes [Pastorela]. Es la primera película [como actor] de Andrés Bustamante, el Güiri-Güiri. También estoy produciendo un largometraje sobre Lupe Vélez, la primera actriz mexicana que la hizo en Hollywood, dirigida por Carlos Carrera.

 

ESQ: ¿Será en inglés como Frida, de Salma Hayek?

AR: Sí, porque toda la historia se desarrolla allá. Nunca regresa [a México], así que todo el elenco es americano. Y también salen ustedes, los periodistas. Ahí se ve cómo empezó toda la prensa rosa, en los años treinta, cuando era una nota importante saber con quién salía tal actriz o actor. Cuando muere Lupe Vélez, en su nota suicida le agradece a la prensa que fue muy linda con ella, pero le inventan una historia que no es real.

 

ESQ: Y sin afán de caer en la prensa rosa, ¿qué es lo que te llama la atención de un hombre?

AR: Me gusta mucho la gente que se siente realizada con su trabajo y que es apasionada.

 

ESQ: ¿Es fácil sacarte plática? ¿Dónde te pueden encontrar?

AR: Me interesa cualquier tema. Hago muchos amigos en los aviones, siempre platico con quien me toque al lado.  También en un restaurante. Me gusta salir a comer? los mariscos, la garnacha, los esquites. [Me puedes encontrar] en la Condesa, si estoy en la Ciudad de México, ahí me muevo. Pero en un antro, no, nunca.

 

ESQ: ¿Cuándo resultan molestos los fans?

AR: Que se hagan los galanes es lo peor. Cuando estás en un restaurante y quieren que te pares para tomarte una foto con ellos? ¡No lo hagan! Mejor vengan con su cámara y nos tomamos la foto con mucho gusto [risas].

 

ESQ: Debes tener muchos amigos.

AR: Me gusta platicar con gente inteligente. No tanto de sabiduría, sino "street smart". Me encanta la gente que ha vivido, que tiene una vida interesante. Soy muy abierta, la verdad. Tengo puros amigos bizarros [ríe con ganas]. Tengo mis amigas de toda la vida, desde el kínder hasta el bachillerato. Si hago una fiesta, mis amigos cercanos no son más de 10 o 15.

 

ESQ: ¿Es lo que más extrañas de México?

AR: Definitivamente. La gente, la parte social. Por eso voy a Veracruz una vez al mes. En una visita, a partir del huracán, hicimos un boulevard turístico en La Antigua. Reconstruimos casas, calles, banquetas y reforestamos. Estamos por abrir un museo-casa de cultura.

 

ESQ: ¿Estas son de las cosas que te llenan?

AR: Estoy muy contenta, porque es una manera de fomentar la educación para la gente del lugar. No hay una biblioteca, un cine ni nadie que les enseñe la importancia que tiene La Antigua. Vamos a dar clases, a capacitarlos.

 

ESQ: ¿Es un lugar al que llevarías a tu pareja?

AR: Claro. Porque además están todos los restaurantes para comer mariscos.

 

ESQ: ¿Qué te tendríamos que invitar de tomar?

AR: Sin duda, vino. Sólo tomo vino con la comida.

 

ESQ: ¿Y cómo te sentiste durante la sesión?

AR: Muy bien. Fue un día pesado, porque hacía mucho calor y traía un poco de jet lag. Creo que armamos un muy buen equipo. Cuando agarro confianza, porque es difícil hacer este tipo de fotos, todo sale bien. Tuvimos buena química.

 

De acuerdo, Ana. Porque mujeres mexicanas atractivas, altruistas y actrices, hay muchas. Pero Ana es mucho más que la suma de sus habilidades: su personalidad auténtica, su vocación filantrópica, su cuerpo que detiene el tráfico y su destreza para viajar en avión una y otra vez, la perfilan como una combinación entre la poderosa ejecutiva y la niña más guapa del salón.

Horas después de la entrevista, leo uno de sus tweets: "Aries: tiene un corazón de caridad. Le gusta dar orgasmos". Ahora lo entiendo todo: su buen corazón no se limita a su fundación, sino que las fotos que le tomamos son la manera más altruista de decirle a los hombres "gracias". De nuevo, no se da cuenta de que somos nosotros los agradecidos. Si estoy escribiendo estas líneas es porque se trata de ella, de Ana de la Reguera.