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Lo que un hombre furioso es capaz de hacer
A los 17 años mi padre podía levantar pesas de 140 kilos. Años después, cuando cumplí esa edad, lo vi levantar un refrigerador, tomándolo como si fuera su pareja de baile y sosteniéndolo a veinte centímetros del suelo para que yo liberara el cable de electricidad que se había atorado. Lo hacía con tranquilidad. Tenía 44 años y era mucho más fuerte de lo que yo sería jamás. Esa fuerza a veces me asustaba. Yo: torpe, inepto, mal estudiante, mentiroso; alguien tenía que ponerme en mi lugar. Mi padre: arquitecto, constructor, más obrero que dibujante; me podía domar con una mirada, con un golpe de silencio, con el mero indicio de una ira profunda oculta detrás de su sarcasmo. Su ira era tan simple como el sonido de un tren que podía llegar a la estación algún día.
A veces el tren llegaba y la cólera -la pérdida de control desnuda y sin adulterar en la que se avientan platos, se quiebran espejos, se lanzan mesas- entraba a la estación. Una vez vi a mi padre astillar de un golpe una raqueta de squash, hecha de madera, contra un banco en los vestidores. Después la volvió a golpear: trece golpes, hachazos ciegos, que lo dejaron a él sosteniendo un cabo fragmentado y a mí, cabizbajo, con el regazo lleno de astillas. Sí, me acobardé.
Aun así, siempre sentí que la ira llegaba a mi padre con un tufo a desinterés. En esos momentos no había ni el menor rastro de pesar. Ceder a tu propia cólera se parece más al éxtasis que a la agonía. Pese a todo, siempre quise acercarme más a él.
Les cuento una historia de ira. Años después de que me fui de la casa de mis padres, le subarrendé un dúplex barato a un amigo que se había largado con su nueva novia. La primera mañana, antes de que me levantara de la cama, me despertó un ruido en el apartamento de al lado; se escuchaba como si tiraran un saco de cemento en el piso una y otra vez. Después sonó como si aventaran ese mismo saco contra el muro. Podía escuchar los gritos del vecino. Luego la pared se reventó y escupió una pequeña esquirla de yeso sobre mi pecho. Alguien se estaba abriendo camino a puñetazos a través del muro. Escuché cómo se resquebrajaba el tablón. Y después una voz que llamaba a mi amigo: "¡Kenneth!". Yo grité de vuelta: "¡No soy yo! ¡Kenneth no está!". Y un puño sangriento atravesó el muro de yeso.
Su ojo contra el hueco: fue lo único que vi de él, un negro al que llamaban Metro. "¡Kenneth!", dijo. "¡Kenneth!". Colocó sus manos en el hoyo en la pared y le dio un tirón. "No está aquí", le dije. Entonces él gritó el nombre de la mujer con la que Kenneth se había ido, haciendo un sonido que surgía de cada rincón de su garganta. Era la voz de la ira. "¡Tanya!"
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Cuando te sientes desafiado o amenazado, tu cerebro envía señales a las glándulas suprarrenales, ubicadas arriba de tus riñones, para que comiencen a bombear cortisol, adrenalina y otras catecolaminas hacia tu torrente sanguíneo. Cuando la adrenalina llega a tu corazón, éste late con más rapidez y te da la descarga necesaria para que conquistes tus miedos y actúes.
... y lo malo Cuando estos procesos biológicos se desatan por pensamientos irracionales y no por amenazas reales, el enojo se puede convertir en ira, o en lo que técnicamente se conoce como trastorno explosivo intermitente, o tei. Cuando el tei de alguien se dispara, pierde el control: algo se revienta o se rompe, o alguien sale lastimado; siembra el caos en su hogar y en su vida laboral, y puede aumentar su riesgo de enfermedad cardiaca y presión alta. -Will Courtenay
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Quizá hayas visto hombres enardecidos que se pelean en un oscuro callejón. Ésa no es ira: es teatro, y su intención es que los vean. La ira verdadera es privada; bulle inexplicablemente y se manifiesta en departamentos lúgubres. Es más fuerte cuando está lo suficientemente cerca como para estirar el brazo y asfixiarte. Ahora, como entonces, le diría a cualquiera: corre; protégete; aléjate de la cólera ciega. Pero yo no lo hice; no pude. Me mantuve cerca de la ira.
La ira con la que crecí nunca fue peligrosa, algo que hay que reconocerle a mi padre, a quien golpeaban de niño. Me pegó sólo una vez, cuando yo ya era adulto. Sucedió en un arranque de furia en la entrada para autos de una vieja casa en Rochester, Nueva York. Había tenido varias embolias y ya no lo dejaban manejar. Una tarde, de alguna manera consiguió las llaves y salió al auto. Le recordé que no podía hacerlo, y me lanzó varios insultos. Intenté arrebatarle las llaves de la mano izquierda, la más débil. Su mano derecha salió disparada hacia arriba y me aferró del pescuezo.
Me sujetó con suficiente fuerza para tener que respetarlo. "¡No!", dijo. "Sólo no". Yo no dije una sola palabra; no podía. Pensé que él podría tener la intención de reventarme la tráquea; así de enojado estaba. Para entonces, y en los años que siguieron, mi padre tenía muchas razones para enfurecerse.
Así que me empujó y salí volando sobre el camino helado; luego él perdió el equilibrio y se acurrucó junto al auto. Segundos después, me arrodillé junto a él, dije su nombre, y me golpeó en el cuello. Duro. Con suficiente fuerza como para darme ganas de regresárselo. Pero sólo me arrodillé, me sobé y traté de no perder el conocimiento.
Mi padre no hizo otra cosa más que mirar el cielo vacío, atrapado en un cuerpo que le estaba fallando y una vida que se encogía cada vez más. De lejos, uno podría pensar que habíamos sido víctimas de un resbalón; desde fuera, no se veía la ira. Pero justo entonces, de haber podido hacerlo, él habría golpeado mil raquetas de squash contra mil bancas, mil veces cada una; habría hecho astillas al mundo. Esta vez era agonía. Yo habría deseado más: que pudiera jalarme hacia él y me volviera a aplastar con la fuerza de su ira. Deseaba su rabia entonces, y cómo la deseo ahora.
En la página siguiente encontrarás un Test para conocer tus niveles de ira