Filipinas, el dolor de un país fragmentado

Filipinas, el dolor de un país fragmentado

La lucha de los militantes islamistas ha ganado mala fama por los actos terroristas y la toma de rehenes extranjeros. Éstas son sus razones.

Por: Témoris Grecko / Mindanao, Filipinas | Fecha: 05/07/12

 

 

"¿Ibrahim ustedes me están secuestrando?", dije en castellano, con pausada claridad para tratar de hacerme entender por mi interlocutor, un adolescente de rasgos africanos y algo más de metro y medio de estatura. Me miró con temor y vergüenza. En sus manos sostenía un viejo fusil Kalashnikov. Él tenía que saber cuál era mi situación porque, a fin de cuentas, era quien estaba encargado de retenerme dentro de esa choza de madera. De las cercanías nos llegaban sonidos de una discusión a gritos, de movimientos bruscos, algunos golpes secos. "Jendeh ta sabe", dijo el muchacho, "iyo hay pregunta mi profesor". "No sé", quería decir en su dialecto chabacano, "le preguntaré a mi profesor".

 

No resolvió mi duda, lo que no me sorprendió. El hecho de hallarme detenido por militantes islamistas armados en una aldea de la isla filipina de Mindanao (centro de una guerra de resistencia musulmana que se ha extendido durante casi 500 años y que en las últimas décadas ha ganado fama por los actos terroristas y la toma de rehenes extranjeros) parecería suficiente para declararme víctima de rapto.

 

Pese a los signos ominosos, debía seguir confiando en Ibrahim y Hadji Gonzales Alonto, su maestro. Habíamos hablado durante horas, antes de que la situación se volviera súbitamente inestable. Dos hombres llamaron a Hadji desde el exterior de la pequeña cabaña; él se levantó de golpe, le dio órdenes al muchacho en un chabacano veloz que no comprendí, y salió. Quise seguirlo pero Ibrahim se interpuso, mostrando nerviosismo y el cañón de su arma. Pensé que no se atrevería a disparar, que lo podría vencer sin dificultad utilizando mi mayor peso, pero no quería que él o yo resultáramos heridos. Además, las voces alteradas que escuchábamos crecían en intensidad y número de personas, lo que hacía poco atractivo ir a encontrarme con Hadji sin saber qué pasaba.

 

Estaba atrapado. No me habían permitido ver el camino que transitamos para llegar a la aldea. Tenía claro que un occidental no podría pasar desapercibido, y que para algunas personas un extraño como yo resultaría sospechoso o, peor, un objetivo. Debería tratar de llegar a la vecina ciudad portuaria de Zamboanga, pero aun allí sería vulnerable, pues la policía me había dejado claro que no estaba a gusto con mi presencia y no tenía manera de marcharme: no había lugar en los vuelos de los días inmediatos, me impedían tomar un barco y por tierra quedaría expuesto, en vista de que mi presencia ya era conocida.

 

Mi única opción era confiar. Deseaba que hubiera una explicación razonable, y que lo que estaba pasando detrás de las frágiles tablas de la choza, se resolviera bien y pronto. Ya se sabe, a la hora de pedir, hacemos listas largas.

 

LECCIÓN DE GEOGRAFÍA POLÍTICA

 

El 24 de abril pasado escogí entrar en la isla de Mindanao por la ciudad de Cagayán de Oro porque parecía una de las más seguras. Sería una buena base para ubicarme en el terreno y buscar contactos. Tenía que actuar con precaución: los movimientos islamistas de esta zona están entre los más vilipendiados del mundo, y hay razones para temerlos.

 

También para conocerlos, reflexionaba, porque las pocas noticias que trascienden sobre ellos se limitan a enlistar barbaridades (bombazos, secuestros, decapitaciones) cometidas por fanáticos irracionales en sitios remotos y aislados, sin que se nos explique por qué lo hacen. ¿Es simple sed de sangre? ¿O existen causas legítimas que no han sido resueltas?

 

A través de organismos internacionales con operaciones en la región, había averiguado que entre la oposición también existen facciones moderadas, e incluso había establecido contacto con uno de sus miembros, a quien esperaba convertir en mi guía para entrar en ese mundo y conocer su visión de las cosas de primera mano. Planeaba ir a los puntos de conflicto y ver cómo vive la gente, cuáles son los agravios, escuchar sus razones. Estaba seguro de que había aspectos de la historia que desconocemos y que era importante considerar antes de seguir enjuiciando sumariamente a los rebeldes de Mindanao.

 

En el vuelo desde la capital Manila, sólo vi unas cuantas de las siete mil islas del archipiélago filipino, pero por unas cuantas me refiero a que pueden haber sido unas doscientas. En todas las formas: alargadas, rectangulares, con apariencia de trapecio y de isósceles, y con figuras menos rígidas como la de un corazón. También las más comunes en la imaginación popular: perfectamente redondas, con un brillante marco de playas de arena blanca rodeado por círculos concéntricos de aguas en tonalidades claras, verdeazuladas y oscuras, y un tupido centro de palmeras.

 

Era una lección maravillosamente ilustrada de estética y naturaleza. Y a la vez, de geografía política: ¿qué puede unir a un país tan fragmentado por las fuerzas de la Tierra? Ese vuelo me llevó sobre los tres núcleos de identidad de Filipinas: Luzón, la gran isla cristiana del norte, donde está la capital; las Visayas, un heterogéneo conjunto de islas en el que Cebú es el principal polo económico, aunque desde el aire no se destaca por su tamaño; y, al sur, la enorme y musulmana Mindanao.

 

Esta división es suficiente para generar resentimientos, como el de los cebuanos, que sienten que por su centralidad e historia merecerían ostentar la capitalidad nacional. El problema es más complejo, sin embargo, porque dentro de cada región hay una enorme diversidad, y casi cada isla tiene caracteres particulares que la hacen diferente. En muchas de ellas, los habitantes resienten que las sedes del poder estén en otras costas. Esto ha provocado que la fragmentación geográfica se acentúe a nivel administrativo: en este territorio de apenas 300 mil kilómetros cuadrados (apenas más grande que Ecuador o que el estado mexicano de Chihuahua) se apretujan 93 millones de habitantes repartidos en 17 regiones, 80 provincias, 138 ciudades, mil 496 municipalidades y 42 mil 25 barangays (una forma de gobierno a nivel de pequeño pueblo rural o agrupación de barrios urbanos, con autoridades electas por voto popular).

 

La confusión es inevitable. Una península de Mindanao, llamada Zamboanga a partir de la ciudad de ese nombre, de sólo 17 mil kilómetros cuadrados, está dividida en cuatro provincias? a primera vista, porque en realidad son cinco. Las fácilmente distinguibles en el mapa son Misamis Occidental, Zamboanga Sibugay, Zamboanga del Norte y Zamboanga del Sur. La que falta es mucho más pequeña.

 

La página zamboanga.com advierte desde los primeros párrafos que la ciudad de Zamboanga es "independiente de cualquier provincia" y que "no es parte de Zamboanga del Sur", como la enlista erróneamente el Departamento de Interior. "Y no es sólo Interior quien comete este error", continúa la página mencionada. "[También lo hace] PIA [siglas en inglés de Agencia de Información Filipina], ¡incluso la oficina del presidente de Filipinas!".

 

La vida en esta nación parece simple en la superficie, pero en realidad pocas cosas lo son. La historia, por ejemplo, se enseña utilizando una fecha clave como consumación de todo un proceso: la del 27 de abril de 1565, cuando los españoles conquistaron Filipinas tras derrotar a varios datus (jefes tribales) de la isla de Cebú.

 

Sin embargo, eso fue sólo la creación de un establecimiento militar y comercial. Al que siguieron otros, casi siempre en las costas, desde los que, durante siglos, los españoles sólo pudieron controlar porciones del territorio, mientras que numerosos pueblos conservaban su independencia e identidad. Para muchos ciudadanos de Mindanao, me enteré, la pertenencia a Filipinas es una imposición que todavía resisten.