El Extintor: Los mil y un deseos

El Extintor: Los mil y un deseos

Nuestra colaboradora se encontró con un hombre fascinante, pero tuvo que cambiar su estrategia de ligue. Averigua por qué.

Por: Patricia Monge | Fecha: 11/06/12

 

 

Ceñida en mi corsé especialmente comprado para la ocasión -liguero, medias y maquillaje a juego- y calzada con tacones altísimos: así lo esperé. Mi deseo por seducirlo, pero sobre todo impresionarlo, me llevó a saltar los límites.

 

Harrison es un hombre fascinante, guapo, seductor, inteligente y uno de los editores más prestigiosos del medio. Mi gusto por él nació la noche que coincidimos en un viaje relámpago en Madrid. La escena era rocambolesca, él estaba en el centro de un grupo de escritores que a toda costa pretendían presentarle su obra y quedar bien con él. Cuando su mirada y la mía se cruzaron, la fuerza de sus pupilas me atrajo poderosamente. Sonreí, luego giré para dejarle mi espalda descubierta a la vista. Soy de las mujeres que cuando alguien le interesa da pasos hacia adelante o (según el caso) deja indicios para que él se acerque; sin embargo, si el objeto de mi deseo se encuentra rodeado de aduladores o de mujeres de pechos plásticos dispuestas a todo, desecho mi interés y prefiero ir a la barra en busca de un buen gin tonic. Así lo hice.

 

"Otro, igual que la señorita", alguien pronunció en un español con marcado acento británico. Volteé para ver de quién se trataba y sus ojos volvieron a atraparme. "Buenas noches", dijo con seductora sonrisa. Las piernas me temblaron. "Buenas noches", respondí, un tanto seca. No estaba dispuesta a entrar en su juego. "Soy Harrison, ahora dispongo de poco tiempo, pero me encantaría invitarte a cenar", dijo, extendiéndome su tarjeta. "Escríbeme". Sonrió de nuevo y nos despedimos.

 

Dos días después, tras varias batallas internas decidí escribirle. No quería comenzar el correo con frases banales. Necesitaba un punto más alto, un plan. Deseaba jugar. Fue así que se me ocurrió llamar a un amigo y preguntarle si podía "usar" su restaurante el lunes, que no abren. Me lo prestó sólo para nosotros dos.

 

Finalmente escribí: "Te espero mañana a las 9:30 pm en calle Barco 14. Trae dosis de humor". Como sospechaba, Harrison no confirmó; había entrado al juego.

 

"Mi deseo creció como una inmensa ola. Si no hubiera llevado las medias tan bien sujetas con el liguero, se me hubieran caído al primer suspiro."

 

"Esta noche será especial", musité mientras me preparaba. Estaba ansiosa y excitada. Él fue puntual, como era de suponerse.  "Está usted preciosa", me saludó, acariciando mi hombro. "¿Me permite invitarle una copa?". Accedí. Lo tomé del brazo y nos dirigimos hacia la barra. Entró detrás de la barra, se arremangó la camisa, movió la cabeza despeinándose y preguntó: "¿Qué toma una mujer tan guapa? ¿Acaso un gin tonic?". "Sí, por favor, con pepino", respondí coqueta.

 

Harrison jugaba a la seducción como yo; no pondría las cosas fáciles. Tomé mi bebida, me acerqué al sillón rojo y comencé a recitar con voz ronca y seductora: "Inconfesables secretos que hablo al oído, mientras gimo, un orgasmo metálico y vibrante entre mis manos, y vuelvo a clavarme el dildo, besando mis dedos fríos y desorientados. No está la otra piel que me hable al oído, que susurre historias en mis espirales de placer. No la hallo y regreso a sentirme dividida. Anhelante de mi sed, me miro. Me miro y vuelvo a enamorarme, soy yo y la ausencia de mí, las que esta noche compartimos cama".

 

Harrison, sentado sobre la barra, no me quitaba ojo de encima. "¿Son tus letras?", indagó. "Soy yo entera", contesté, acercándome. Lo besé profundamente. Temblé en cuanto sus manos tocaron mi piel. Suaves y potentes, hacían que mis músculos se tensaran y relajaran con cada caricia. Mi deseo creció como una inmensa ola. Si no hubiera llevado las medias tan bien sujetas con el liguero, se me hubieran caído al primer suspiro. Harrison me tomó de la cintura, ciñéndome a su cuerpo. Seguí, dócil, sus movimientos. Me sujetó la cabeza hacia atrás y besó mi cuello, que se entregó a sus delicias. Lo lamió deslizándose, perdiéndose en los límites de mi lencería. Con la otra mano acarició mi larga cabellera, mientras su lengua entraba en el abismo de mi boca. Estiró las cintas de mi liguero; me excité intensamente. La humedad de mi sexo floreció. Me sentí deleitada. Enredé mis piernas a las suyas, embebiéndome de su gozo. Volví a estremecerme.

 

Harrison realmente sabía cómo tratarme; en él podía perderme sin retorno. Suspiré hondamente, en un intento por recobrar mi centro. Fue una noche más que memorable.