El Extintor: Fantasía de una noche

El Extintor: Fantasía de una noche

Llegar a las sábanas vacías no era precisamente lo que tenía en mente. Pero nuestra colaboradora tuvo una loca idea.

Por: Patricia Monge | Fecha: 14/05/12

 

La noche con mis amigas terminó temprano, a veces simplemente es así: cada una a su casa y sin galancito. Llegar sola a mi casa no era lo que tenía en mente, así que marqué su celular.

 

"¿Duermes?", pregunté como si fuera lo más inusual que podía estar haciendo. "Ya no", respondió. "Estoy a media calle de tu casa, ¿toco el timbre?", añadí mientras ya estaba llamando a la puerta. Me recibió en jeans, torso desnudo, ojos de dormido y una sonrisa. Sin dudarlo, entré en su guarida. Me recosté en el sillón rojo de su sala y quise saber si aún preparaba esos gin tonic de muerte. Dijo que sí y se encaminó a la coctelera. En su iPad sonaba algo de The 2 Bears.

 

No nos veíamos desde hacía tiempo. La última vez había sido para despedirnos; sin embargo, buscarlo en la madrugada era otra cosa. Había llegado danzando por las calles de improviso para, de alguna forma, colarme en su espacio; me provocaba un morbo exquisito. Era un juego erótico, sin reglas y con mucho encanto.

 

Mi amante furtivo regresó con los tragos y se sentó a mi lado. Yo vestía camisa negra translúcida, muy voluptuosa, y altos zapatos que no tardé en quitarme; la luna entraba por la ventana del quinto piso, abarcándolo todo. Mon amour miró profundamente mis ojos y, como si recién recordara algo, dijo: "Tengo un regalo especial para ti". Se levantó y trajo una pequeña caja plateada. Al abrirla me quedé sorprendida: un precioso y delicado traje completo de lencería, morado, y su correspondiente tanguita a juego. "Lo compré hace tiempo, pero no tuve oportunidad de dártelo hasta hoy", dijo. Su voz parecía sincera; además, ¿qué más me daba si era cierto o no?

 

 

La última vez que lo vi había sido para despedirnos; sin embargo, buscarlo en la madrugada era otra cosa.

 

 

La propuesta me caía como anillo al dedo; lo único que tendría en cuenta era la belleza de la lencería y sus brazos musculosos que tanto me distraían. Me fui al baño para probármelo. Una vez ahí, me quité la ropa y me vestí con mi nuevo traje. Enlacé la cintas de los costados, me puse la microtanga y me observé en el espejo. Mi talle se marcaba perfecto y mis curvas resaltaban, haciéndome parecer una reina. Regresé a la sala, donde él esperaba sentado.

 

Me quedé apoyada contra el marco de la puerta; se acercó. Movió mi cabello hacia atrás, despejó mi cuello y lo besó. Nos besamos. Acarició mi cuerpo reforzando su tacto a través de la tersura de la lencería. El deseo despertó en ambos como una fiera adormecida que de pronto es llamada a la caza. Suspiré con fuerza, giré y dije: "Propongo un juego.  Sales de la habitación y golpeas para entrar, si me gusta tu cuento, pasas; tienes tres oportunidades". Aceptó. Las dos primeras veces perdió; la tercera y última se presentó como el "centauro de mis fantasías", y yo, ninfa de las sensualidades más extravagantes, no pude negarme.



Me tocó con firmeza y mi cuerpo tembló. Ahora él estaba desnudo. Con suavidad me acostó en el sillón y fue recorriendo cada parte de mí; primero los labios, luego mis hombros hasta hacer un hueco para lamer mis pechos hinchados de placer. Sudaba seducción y deleite por cada poro de mi piel; toda yo me volví agua. Jadeé intensamente, me agarré de su cabello, me retorcí excitada, arqueando mi espalda hasta el límite. Volvió a penetrarme, apasionado, embebiéndose de mí, hundiendo sus dedos en mi carne, marcándome de libido. Un gemido profundo acompañó mi orgasmo. Toda yo vibré al compás del mismo ritmo de orgasmos y sudores múltiples.

 

El sexo entiende de temas que nosotros jamás seremos capaces de comprender. La luna pareció sonreír.