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Miguel Sacal: con la guardia en alto

Miguel Sacal: con la guardia en alto

La agresión del empresario movió a la sociedad mexicana. Todavía intentamos entender qué demonios fue lo que pasó

Por: Julio Patán | Fecha: 16/02/12

 


No impone ni por tamaño, ni por masa muscular, ni por esa constitución fibrosa de los que practican artes marciales. Nadie pensaría que esos brazos laxos y esa panza cincuentona son los de un maestro del combate cuerpo a cuerpo. Y sin embargo el hombre, al verse al espejo, seguro ve algo muy distinto, porque luego de un intercambio brevísimo de palabras, que los asiduos a las redes sociales no pueden escuchar porque el video es mudo pero ya conocen sobradamente por escrito, embiste al empleado del valet parking. En cambio éste, de nombre Hugo Enrique Vega, no responde. Absorbe el castigo como puede, encogido, con desplazamientos cortos y giros cautelosos hechos así como para no alentar a un depredador, ante la tibieza de dos empleados de seguridad que no se deciden a intervenir. Por no intentar, Hugo Enrique no intenta siquiera huir, no digamos ya subir la guardia y contestar el ataque desaforado y poco técnico de su agresor que, a juzgar por los manotazos que tira, no duraría mucho en una verdadera pelea. Guardia abajo, el empleado termina por perder dos dientes.

 

Los lectores identificarán la escena anterior: fue la que protagonizó Miguel Moisés Sacal, para escándalo de la ciudadanía y los medios de comunicación. El video fue grabado en julio de 2011, pero su difusión pública es del pasado enero y todavía intentamos todos, ciudadanos y medios, entender qué pasó. Y lo intentamos todavía no porque la escena nos parezca inédita, sino precisamente por lo contrario: porque la hemos visto demasiadas veces, o hemos oído de ella demasiadas veces, o conocemos demasiada gente que la ha protagonizado en uno u otro papel, con leves modificaciones en el guión. Es el retrato de una miseria moral compartida.

 

Las referencias a la precariedad pugilística de Sacal no son una frivolidad. Al contrario: es en esa precariedad donde se esconde la explicación de esta escena repugnante. Incluso si el empleado del valet fuera el más cobarde de los hombres, en condiciones digamos neutrales su reacción ante el castigo prolongado hubiera sido otra: algún intento de escape, algún contraataque desesperado. Así que entre la agresión del empresario y la postración del empleado media un verdadero abismo de sinsentido. ¿Qué llena ese abismo? ¿Qué mueve a un hombre a aguantar de ese modo? Primero que nada, y ésa es la primera gran conclusión de este episodio, el miedo a un perjuicio mayor, derivado de la arraigadísima naturaleza clasista de la sociedad mexicana. Vega aseguró que no se había defendido por miedo a perder su trabajo. No hay razones para dudar de su palabra, aunque probablemente en su reacción pesaron algunas otras consideraciones.

 

La agresión empezó cuando Sacal le exigió un gato hidráulico para su coche y él le explicó que no podía moverse de su puesto, porque tenía las llaves de todos los vecinos del edificio. El edificio es una torre de lujo en Las Lomas y el coche en cuestión un Porsche, es decir, dos evidencias del estatus propio de un empresario de bastantes vuelos y, sobre todo, de uno que se asume como tal. Los golpes y los jalones contra el empleado llevaron el complemento vergonzoso del eterno catálogo de los apelativos clasistas más viles: indio, gato... Lo que revelan estos insultos es que Sacal quizá sea un valiente a la hora del intercambio de golpes donde sea y con quien sea, un guerrero que no vacila en enfrentar a cualquier rival. No nos consta. Lo que nos consta es que ese día era bien consciente de que su rival, por llamarlo así, era más débil desde casi cualquier punto de vista, con la posible, irónica excepción del físico, y actuó en consecuencia. Porque en esta escena las dos partes involucradas saben lo que se juegan. Vega se juega un pleito mayor con un sujeto que se puede permitir abogados caros, quién sabe si poner a trabajar alguna relación de peso, sin duda hacerle perder su trabajo -esto ya ocurrió: Vega fue cambiado a otra plaza, por la mitad de sueldo-, en suma, un pleito con lo que llamamos un influyente. Sacal se juega poco o nada: los gatos no pueden defenderse de los peces gordos como él. El que actuó en ese estacionamiento fue un patrón abusivo y poco más. Al guerrero todavía lo esperamos.

 

Hace tiempo que Sacal es consciente de que no se juega nada. Eso sí nos consta, porque el ataque a Vega es su segunda gran aportación al arte del video viral. En 2008, alguien subió a YouTube un minuto y siete segundos con el mismo caballero en el acto de ser multado por un policía, luego de que se estacionó en un lugar prohibido, y decirle al de la cámara finezas como "me la pelas" o "yo vengo mucho y te escupo y te mando a chingar a tu madre". Los peces gordos muy a menudo consideran que las leyes no son para ellos.

 

Tristemente, a la hora de escribir estas notas todo parece darles la razón a uno y otro, empresario y empleado. Sacal consiguió un amparo y la orden de aprehensión emitida por un juez quedó inactiva como un juguete sin pilas. Vega aceptó una indemnización de su golpeador. Los que se lo critican lo hacen, evidentemente, porque desconocen los usos y costumbres de la justicia mexicana, la desprotección de los no influyentes, resignados al "de lo perdido, lo que aparezca" y a tragarse el orgullo porque vivir, ya se sabe, es caro.

 

Si algún motivo de optimismo deja esta nota es que, en las redes sociales al menos, la gente entendió de qué iba la historia. Lejos de juzgar la respuesta de Vega, la mayor parte de los visitantes de YouTube lamentaron su indefensión y subrayaron la cobardía de su agresor. Lo malo es que en el consuelo viene escondido el veneno. Hay un segundo vicio nacional que esta historia retrata sin ambigüedades: el de la violencia.

 

 

http://www.youtube.com/watch?v=GDltYRkusOM




REACCIÓN EN CADENA (Y ALARMANTE)

Los comentarios sobre el video rondan, en alarmante proporción, alrededor del siguiente razonamiento: ojalá hubiera estado en el lugar de Vega para romperle su madre a ese ruco. Un reflejo comprensible en el plano individual y un mal síntoma en el colectivo. Al menos desde el siglo xix, la filosofía política sostiene que la relación entre el Estado y el individuo gira en torno a una especie de acuerdo tácito: tú cedes parte de tus libertades naturales; yo, a cambio, garantizo tu seguridad. A eso se refiere el estribillo de que el Estado tiene el monopolio de la violencia: respetamos ciertas normas de convivencia, a cambio de que nuestra vida no se rija por leyes darwinianas. Esta máxima aplica descarnadamente a una sociedad en la que las autoridades son incapaces de protegernos del crimen organizado, pero también, con menos grandilocuencia, a una sociedad en la que el policía duda en intevenir en una pelea entre conductores porque es "uno contra uno", cada quien a su aire. Total, no es tan grave lo de rifarse un tiro, ¿no es cierto?

 

No lo es. En casi cualquier pelea priva alguna forma del abuso: de estatus, fuerza, pericia, experiencia. En general, los guerreros brillan por su ausencia y lo que abundan son los gandallas. Las peleas, antes incluso que de violencia, como lo ilustra el caso de Sacal, tratan de ejercicio del poder; hay pocas peleas y muchas simples agresiones. En una sociedad ideal, nadie tendría que valerse por sí mismo, nadie estaría expuesto, nadie tendría que tomar tres clases de boxeo a la semana. El bullying y la violencia criminal no se explican totalmente por esta cultura del puño y la bravuconada, pero la relación entre unos y otra es indiscutible. No todos somos Sacal, pero no faltan los que podemos reconocer en nosotros algunos de sus gestos.

 

PREJUICIOS AL POR MAYOR

La "videoinstalación" de Sacal ilustra un tercer vicio de la sociedad mexicana del que somos mucho menos conscientes: el prejuicio racial, religioso o cultural, o más bien el que tiene un poco de todos ellos. ¿Se percataron los lectores de la cantidad de atrocidades antisemitas que se pudieron leer en Internet tras la difusión del video? No es un vicio exclusivo de México, pero la virulencia de los comentarios, el tinte francamente sociopático de muchos de ellos, resulta propio de la marginalidad neonazi o del radicalismo islámico violento. La alerta, que dio Carlos Marín en Milenio, debe ser atendida. En nuestro país, la judeofobia no ha conducido a la violencia sistemática o tumultuaria, pero es un síntoma de veras preocupante que esas formas tan reiteradas, discutidas y groseras del resentimiento aniden, en pleno siglo xxi, en la sociedad que ha dado lugar a la economía doce del mundo. Es preocupante, primero, en sí mismo, por el estado del alma que refleja; y es preocupante, en un plano si se quiere más egoísta, porque, como dijo ya alguien, hay que ser ciego o idiota para suponer que el antisemitismo sólo es peligroso para los judíos.

 

DERROTA COLECTIVA

¿Deja la historia de Vega y Sacal, el "Gentleman de Las Lomas", el espantoso sabor de boca de la derrota como proyecto colectivo de la sociedad mexicana, la sensación de que no sólo la prepotencia, la impunidad y la brutalidad no desaparecen, sino que se les suma la pesada conciencia adquirida de nuestro racismo? Pese al tono de las líneas anteriores, quizá no haya que llegar tan lejos con nuestras conclusiones. En realidad, la reacción multitudinaria y los buenos reflejos de los medios para dar cobertura a la mentada historia hablan de una cierta "desnormalización" (perdón por el terminajo) de nuestros tics de impunidad y desprecio clasista. Por supuesto, los sujetos como Sacal no dejarán, quizá por mucho tiempo, de darse gustitos con la violencia, ni los jueces dejarán de emitir amparos. Pero tras el escándalo, aun cuando no tardará en diluirse, unos y otros se lo pensarán dos veces cuando estén en circunstancias parecidas. Al menos, se lo pensará el reincidente Sacal, que ya se vio obligado a pagar un dinero a su víctima y a ofrecer disculpas públicas. Una satisfacción mínima, ciertamente, pero en este maremágnum de impunidad y violencia, no son éstos tiempos para despreciar satisfacciones de esta naturaleza. Así que relajémonos, hasta donde es prudente. Sin bajar la guardia, claro.