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Siria: el país sin primavera

Siria: el país sin primavera

Bashar al Assad se aferra a su poder heredado, mientras queda un rastro de tortura y muerte entre civiles y rebeldes

Por: Témoris Grecko | Fecha: 02/02/12

Bashar al Assad se aferra al poder que heredó de su padre, mientras sus perros de guerra dejan un rastro de tortura y muerte entre civiles y rebeldes. El enviado de Esquire habló con opositores que han Huido a Líbano, hartos de un régimen que aplasta a su pueblo frente a los ojos del mundo.

 

Después de su visita del 28 de diciembre de 2011 a la sufrida ciudad de Homs, el general Mohamed Ahmad al Dabi, jefe de la misión de observadores de la Liga Árabe en Siria, dijo: "El día de ayer estuvo tranquilo y no hubo enfrentamientos. No vimos tanques, aunque sí algunos vehículos blindados".

Nada menos que 17 personas murieron en Homs en esa jornada "tranquila". Videos en YouTube muestran justamente a varios de los compañeros de Al Dabi tratando de cubrirse para evitar los disparos de los francotiradores del gobierno. A ellos, cuya presencia en Siria debería haber servido para garantizar el fin de la violencia y abrir el camino a la paz.

La gente les reclamaba. En otro video de esos momentos de "normalidad", aparecen activistas en Homs que muestran a los observadores el cuerpo de un niño de cinco años, a quien mataron las fuerzas de seguridad.

"Sean pacientes, dennos tiempo", le dice uno de los visitantes a un residente, "realizaremos nuestros deberes hasta que pueda haber diálogo".

"¿Cuál diálogo?", responde su interlocutor. "¿Cómo podemos llegar al diálogo cuando están matando gente. Nos dijeron que los tipos de seguridad no matarían a nadie en presencia de los observadores, pero cuando el jefe de la misión estaba aquí, mataron a un niño y por lo menos a 15 personas más".

La misión de la Liga Árabe se convirtió en lo que algunos habían advertido: una coartada para que el régimen del presidente Bashar al Assad ganara tiempo y siguiera exterminando civiles (al cierre de la edición, Siria anunció que ampliaría un mes dicha misión). La oposición siria ya había anunciado sus dudas desde que se supo que los observadores serían encabezados por el general Al Dabi, un militar que estuvo encargado de ofensivas criminales en Sudán del Sur y en Darfur, por las que su jefe y aliado, el mandatario sudanés Omar al Bashir, enfrenta una orden de aprehensión de la Corte Penal Internacional, acusado de genocidio, crímenes de guerra y crímenes contra la humanidad.

A pesar de múltiples declaraciones de su compromiso con la paz en Siria, la Liga Árabe envió a una misión -sus ojos- que no quería ver. Y que al final se retiró sumida en la vergüenza, en medio del clamor de quienes sí han visto y escuchado y sentido en carne propia lo que significa vivir en Siria bajo la feroz dictadura de los Assad.

Ellos, los que sí vieron, nos hablan desde estas páginas.

 

ATENTADOS MISTERIOSOS

El 23 de diciembre de 2011, a las 10:18 am, dos coches bomba estallaron frente a las sedes de la Dirección de Seguridad del Estado y de la Oficina General de Inteligencia, en el céntrico distrito de Kfar Sousa en Damasco. La televisión gubernamental actuó con velocidad inusual: las pantallas de todo el país se llenaron con imágenes de cadáveres despedazados. Y sólo 40 minutos después del incidente, Sana, la agencia gubernamental de noticias, ya denunciaba a los perpetradores: "El ataque criminal tiene las huellas de Al Qaeda".

La primera cifra de víctimas era de 44 "mártires" y 166 heridos. Faisal Mekdal, viceministro de Relaciones Exteriores, declaró en el lugar de los hechos: "Lo hemos dicho desde el principio: esto es terrorismo. Están matando a soldados y civiles". En los medios oficiales, una batería de analistas se disparó en respaldo de la versión gubernamental. Por ejemplo, el "doctor Amin Hoteit, experto estratégico de Líbano", dijo que los ataques "indican que los agentes de Occidente y de Israel han empezado a llevar a cabo actos terroristas" utilizando "a Al Qaeda para matar civiles".

El 6 de enero, el horror se repitió: una céntrica plaza del barrio damasceno de Al Midan fue el escenario de otro "ataque suicida" con coche bomba. El número de muertos (alrededor de 26) cambió varias veces porque era "difícil saber cuántas personas fueron reducidas a fragmentos", y la televisión volvió a llevar esas imágenes a las casas de los espectadores. El ministro del Interior, Ibrahim al-Shaar, anunció golpes con "puño de hierro" contra Al Qaeda.

A lo largo del conflicto, que estalló el 15 de marzo de 2011 pero se empezó a gestar un mes antes, no se habían producido actos de este tipo. Y de pronto pasaron. El primero, nada menos que a la mañana siguiente de la llegada de la misión de observación de la Liga Árabe. El 20 de diciembre, tres días antes de esas explosiones, el ministro sirio de Exteriores, Walid al-Mualem, adelantó lo que esperaban de los visitantes: "Muchos países en el mundo no quieren admitir la presencia de grupos terroristas en Siria. (Los enviados árabes) vendrán aquí y verán que están presentes".

No está claro qué ganaría la oposición al provocar matanzas de civiles, de la gente a la que trata de representar. Ni por qué querría hacerlo cuando los observadores de la Liga venían a constatar la violencia que ejercía el gobierno, que ahora parecía ser la víctima. Los atentados le sirvieron al régimen para insistir en su denuncia de que lo que combate no es el descontento del pueblo, sino el terrorismo de una Al Qaeda misteriosamente aliada con Estados Unidos e Israel (un argumento que antes fue usado por Muamar Gadafi en Libia y por Hosni Mubarak en Egipto).

Pero no fue nada más esto, ni sólo la coincidencia con las visitas, lo que despertó sospechas. Muchos se preguntaron cómo había sido posible que los terroristas pudieran entrar en coche a las zonas más vigiladas de la capital del país.

Ese mismo 23 de diciembre, reportes de prensa citaron a testigos que aseguraron que las calles afectadas habían sido cerradas desde varias horas antes por los servicios de seguridad y que, al escucharse los estallidos, muchos guardias no habían mostrado nerviosismo y habían permanecido en sus puestos. Hubo quien especuló que los cadáveres podrían ser de víctimas de tortura y ejecuciones, trasladados desde otras partes de la ciudad o del país. El gobierno no presentó la lista de los fallecidos.

Todo esto se repitió el 6 de enero: vecinos dijeron que antes de la explosión se habían producido cierres de calles y se habían desplegado pelotones policiacos. En el barrio afectado, nadie echaba en falta a parientes o amigos: no se sabía quiénes habían sido las víctimas.

"Quien tiene acceso a información independiente no se traga las mentiras del gobierno", me explica Abdel (pidió omitir su nombre verdadero por razones de seguridad), en Wadi Khaled, un pueblo libanés fronterizo con Siria. "Pero tenemos mucha gente que sólo se informa a través de la televisión oficial. Ahí salen chicas bonitas a decir que todo está tranquilo, que el Ejército protege al pueblo, que los problemas de Siria los están causando terroristas islámicos pagados por los masones y los judíos, y que no hay duda de que serán derrotados. Si miras (la cadena televisiva) Al Jazeera, ves las cosas terribles que hacen los soldados contra la gente, y no lo quieres aceptar. Además, si te agarran viendo ese canal, te meterás en graves problemas. Mejor no pensar. Quedarte tranquilo. Y te digo esto porque yo mismo era así".