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Homo Sapiens: El mundo en llamas

Homo Sapiens: El mundo en llamas

Frente a las supuestas señales del fin de los tiempos, pasémosla bien, con las personas que queremos, ahora o nunca.

Por: Atouk | Fecha: 14/11/11

 

Así como creo que los mexicanos tenemos la obligación de releer a Juan Rulfo con mucha meticulosidad para tratar de entender, aunque sea un poco, el drama que vive nuestro país, me parece que es válido pedirle prestado al inmortal jalisciense parte del nombre de una de sus dos obras monumentales para sintetizar lo que hoy ocurre a escala global.
"El mundo en llamas", decidí titular esta columna. Y no es que tengamos etapas libres de convulsiones, pero el joven siglo XXI parece no querer darnos tregua.


Por eso mismo, consideremos (sólo por hoy) que las interpretaciones más apocalípticas sobre el final del calendario maya, con fecha exacta en el 21/12/12, son una realidad. Es decir, pensemos que estamos ya en el final de los días.


Bien. Entonces, lo que uno esperaría ver es que donde comenzó la civilización occidental, en Grecia, haya síntomas claros del fin. Habría que encontrar al Esquilo, al Sófocles y al Eurípides de esta época para leer la tragedia griega contemporánea y encontrar los simbolismos adecuados para confirmar que una de las flamas que terminarán por incendiar al mundo ha surgido justamente en la geografía helénica. Ni hablar de la nueva decadencia del imperio romano, bien encarnada por esa suerte de Nerón posmoderno llamado Silvio Berlusconi. Ahí están, incuestionables, estas señales.


 

Ante el desconcierto, hagamos lo que sabemos hacer: démonos muchos besos y abrazos, compartamos la comida y los tragos, subamos el volumen de la música, bailemos y conversemos.

 



Uno esperaría encontrar, también, declaraciones de corredores bursátiles hablando de recesiones como si fuesen sueños húmedos; de la pérdida de los ahorros de millones de personas comunes y corrientes como la gran oportunidad para el enriquecimiento de unos cuantos; y de Goldman Sachs como el santo patrono y mano invisible que gobierna al mundo. Ups. Pues también esta señal es muy clara (para quien quiera deleitarse, favor de referirse a la entrevista de la BBC con el corredor bursátil Alessio Rastani: http://bit.ly/ouzBcO). Además, en este apocalipsis que hemos sugerido, Wall Street tendría que convivir con tribus de indignados, en las calles del corazón financiero del mundo.


Pero también tendrían que caer grandes tiranos al estilo de Ben Ali (palomeado), Mubarak (palomeado), Gaddafi (palomeado), Saleh, Bachar, et al. Palestina tendría que plantear convertirse en un Estado formal. Irán recobraría una clara influencia en aquella convulsionada región, atendiendo a sus orígenes persas. Y Hugo Chávez debería padecer una enfermedad que le impida inmortalizarse en el poder (considerando que Castro es inmortal).


¿Queda alguna duda? Quizá, en realidad, más que fin del mundo bajo una noción apocalíptica, lo que sí enfrentamos es el final del orden internacional establecido tras la Segunda Guerra Mundial y, con ello, la hegemonía del hemisferio norte. ¿Será que estamos a punto de ver cómo cobra vida el título de aquel poema de Benedetti, "El sur también existe", y que toca el turno a Asia y a América Latina (pese a los latinoamericanos)? ¿Será que, por default y por obra y gracia de Obama, Cameron, Merkel, Sarkozy, Berlusconi, Zapatero y demás líderes mundiales en decadencia, le llegó el momento a China, India, Vietnam, Tailandia, Singapur, Indonesia, Australia, Sudáfrica, Turquía, Brasil, Argentina, Chile, Perú, Colombia y México, entre otros? (Si no pongo a Rusia, es intencional, ya que los rusos son los más eficientes detractores de sí mismos y ya dejaron escapar su oportunidad).


La única conclusión visible es que somos una generación sumida en el desconcierto. Así, entre los gritos de los ejércitos de indignados -muy confundidos-, mientras descubrimos si el mundo se acaba en diciembre de 2012 o si el epicentro del desarrollo económico mundial cambia de ubicación, yo propongo que dejemos aflorar nuestro corazón latino y la pasemos bien. Ante ese desconcierto, hagamos lo que sabemos hacer: démonos muchos besos y abrazos, compartamos la comida y los tragos, subamos el volumen de la música, bailemos y conversemos con nuestra gente querida lo más posible.