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Para los huicholes, la zona de Wirikuta, en San Luis Potosí, es sagrada; para una empresa canadiense es la sede de su próximo gran proyecto minero. Mientras, los habitantes del pueblo de Real de Catorce se dividen entre quienes necesitan un empleo y los que ven en la mina una amenaza. El debate es cada vez más fuerte y ya llegó hasta Canadá y las Naciones Unidas.
Era un atardecer de rojos intensos en el desierto, como miles más, presenciado por un grupo de peregrinos que vigilaban el lugar sagrado de sus antepasados. Resplandecientes en sus atuendos tradicionales -bordados con los símbolos sagrados del venado, el águila y el peyote?, los peregrinos reconstruyeron las canciones, los rezos y los rituales que han sobrevivido entre el pueblo wixaritari o huichol durante más de mil años.
Pero con la llegada del amanecer, el mara'akame o chamán reveló una visión sombría que le había sido transmitida, dijo, por la montaña: las entrañas de la Madre Tierra estaban siendo desgarradas y su vientre era rasgado y pisoteado.
La visión, relatada por el compositor y antropólogo Javier Ignacio Martínez Sánchez, ocurrió hace una década en Cerro Quemado, el lugar donde, de acuerdo con las creencias de los wixaritari, el sol salió por primera vez.
Cerro Quemado está en la orilla oriental de Wirikuta, una región donde, según los huicholes, residen los espíritus de sus ancestros y que ha sido reconocida como Área Natural Protegida por el Gobierno de San Luis Potosí e incluida por la Unesco en la Red Mundial de Lugares Sagrados Naturales. Cada primavera, los huicholes viajan casi 400 kilómetros hasta aquí para recolectar su planta sagrada, el hikuri o peyote, para encender las "velas de la vida" y para orarle a sus deidades por mantener el bienestar de toda la vida en la Tierra.
El Fondo Mundial para la Naturaleza enlista las 140 mil 293 hectáreas del Sitio Sagrado Natural Wirikuta, parte del Desierto de Chihuahua, como uno de los ecosistemas de desierto con mayor biodiversidad en el planeta. Además, está registrada como una Área de Importancia para la Conservación de las Aves y es un punto de reunión para muchas especies endémicas y en peligro de extinción, como el águila real que aparece en la bandera mexicana.
En ese entonces, la visión del chamán provocó un escalofrío de temor entre la comunidad pero, según Martínez, quien habita en esa región y estuvo presente en la ceremonia, nadie sabía lo que significaba. Ahora está claro.

Ramón Dávila, de First Majestic (de pie), durante una reunión del Consejo de Administracion de la Reserva Ecológica Wirikuta.
AMENAZA EXISTENCIAL
En el verano de 2010 empezó a correr la voz sobre la apertura de una mina en Wirikuta, una zona con una tradición minera que se remonta a unos 400 años y que incluye al famoso pueblo de Real de Catorce. Para agosto, estaba confirmado: el gobierno mexicano había otorgado 22 concesiones sobre 6 mil 326 hectáreas del territorio sagrado, abriéndole paso a una mina de plata de la multinacional canadiense First Majestic Silver Corp. Cerca de 70 por ciento de las tierras concesionadas se encuentra dentro del Área Natural Protegida.
Según la Ley Minera mexicana, el Estado tiene la facultad de concesionar las minas para su explotación a voluntad. El descubrimiento de varias venas ricas en plata, combinado con el aumento del precio de este metal, ha provocado que esta región minera, abandonada durante tanto tiempo, vuelva a ser atractiva para los inversionistas.
El proyecto ha desatado una tormenta. Los residentes están divididos entre la desesperada necesidad de empleos y el miedo a perder su suministro de agua; a los ambientalistas les preocupa el frágil hábitat del desierto; otros temen la pérdida del patrimonio cultural de Real de Catorce y el turismo que ha resultado de eso. Además, ha surgido una protesta mundial de parte de la gente que ha pasado tiempo en el desierto y con los huicholes. Lo que está en riesgo, dicen, es la integridad de esta excepcional cultura.
Los huicholes fueron quizá los más indignados con los planes de First Majestic Silver Corp., sobre todo porque, irónicamente, sólo dos años antes, el presidente Felipe Calderón, vestido con el atuendo ceremonial wixaritari, anunció el Pacto Hauxa Manaka para la Preservación y Desarrollo de la Cultura Wixarika en una ceremonia a la que asistieron cinco gobernadores. El pacto, nombrado así por otro sitio sagrado para los huicholes, garantizaba la protección de su cultura y sus lugares sagrados.
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"Los huicholes están profundamente atemorizados por este proyecto", afirma el antropólogo Paul Liffman. "Todo el flujo ecológico que forma la base de su sistema sacrificial, así como la razón para existir de este grupo indígena, quedarían afectados" |
El 9 de mayo de 2011, un grupo de representantes del Consejo Regional Wixarika en Defensa de Wirikuta llegó hasta el Palacio Nacional, en el Zócalo de la Ciudad de México, para entregar una carta dirigida a Calderón en la que exigían que honrara su palabra.
Para Paul Liffman, antropólogo del Colegio de Michoacán y autor del libro Huichol Territory and the Mexican Nation, la mina es una "amenaza existencial" para los huicholes.
"Ellos están atemorizados por este proyecto", afirma Liffman. "Todo el flujo ecológico que forma la base de su sistema sacrificial se vería dañado. El circuito de aguas, lluvias y aguas subterráneas quedaría afectado, lo mismo que su razón para existir."
Wirikuta es clave, dice Liffman, para la visión que los wixarika tienen de sí mismos como intermediarios con estas fuerzas de la naturaleza: "Todo su sistema ritual está basado en la idea de la reciprocidad sacrificial con los ancestros que controlan el clima, así como la riqueza, la salud y el bienestar humano. Destruir sus principales sitios sagrados es derribar los cimientos de su cultura".
La situación en Wirikuta es, por desgracia, muy común, dice Jennifer Moore, coordinadora para Latinoamérica en la organización Mining Watch Canada, que viaja por el continente investigando las quejas contra las compañías mineras de su país.
"Estas concesiones mineras a menudo se otorgan sin el conocimiento ni el consentimiento de los pueblos locales", agrega Moore. "Hemos visto cómo se contaminan las cabeceras de los ríos de las comunidades campesinas e indígenas, hemos visto secarse fuentes importantes de agua, hemos atestiguado violencia y conflicto cuando la gente ha exigido el derecho a ser consultada acerca de los proyectos que se desarrollan en sus tierras o fuentes de agua."