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Mientras continúa su búsqueda de los seguidores de Al Qaeda por un inhóspito rincón de África, militantes islamistas encuentran a nuestro colaborador en la segunda de tres partes de esta aventura.
La malaria me tuvo atrapado durante cinco o seis días. Una y otra vez, cuando pasaba la fiebre caliente, el sudor se enfriaba en la cama y agravaba los temblores de las fiebres heladas. La doctora de la misión médica cubana me advirtió que, a pesar de que había resistido bien la enfermedad, no debía poner a prueba mi buena suerte. Cuando me empecé a sentir mejor, no obstante, me invadieron el deseo y la ansiedad, me llené de euforia y decidí marcharme de Mopti para proseguir la búsqueda de las bases populares de Al Qaeda en el Magreb Islámico (AQMI), la franquicia de Osama Bin Laden en África Occidental.
Mi amigo Sidiki meneaba la cabeza. Con sólo mirarme, había diagnosticado que también tenía tifoidea y los análisis le habían dado la razón. Ahora decía que mi capacidad de cargar mis dos mochilas no era señal de buena salud, sino de estupidez. Insistió en llevarme en su pequeña moto china a tomar el autobús en el vecino pueblo de Sevaré, rumbo a Gao, la última ciudad de Malí en el este. "Gao no es sitio para blancos ni americanos en estos días", me advirtió. "Soy moreno y mexicano", le recordé. "Lo que tú quieras. Pero no les digas que México es socio de Estados Unidos y menos que está en América", sentenció.

Los ayudantes arrojaron mi mochila grande al techo del autobús y partimos. Horas después pasamos por una zona de monolitos gigantescos que las guías de viaje comparan con Uluru, la inmensa roca de Ayers en el centro de Australia. Estaba sentado detrás del conductor cuando, sobre el tablero, a sus lados izquierdo y derecho, vi el rostro de Osama bin Laden: tenía pegatinas del jefe terrorista. ¿Me encontraba entre miembros de Al Qaeda?
Empecé a preocuparme y a sentirme como en mis días de fiebres. Sospechaba que el chofer y sus tres compañeros me miraban de reojo, se decían cosas en secreto, conspiraban. Mi equipaje estaba arriba, fuera de mi alcance. Tendría que escapar sin él. Hicieron una parada sólo para que los pasajeros descendieran a hacer sus rezos vespertinos, inclinándose en dirección a La Meca. Me pareció que los dos hombres que ocupaban los asientos detrás del mío, tuaregs en túnicas azules, se arrodillaban sobre su alfombrilla con devoción especialmente intensa. Me pareció evidente que me habían rodeado.
La pausa de la oración me sirvió para estudiar el tablero. No podía haber sospechado lo que encontraría. Además del par de imágenes de Bin Laden, había dos de vaqueritas rubias en bikini, otras de la cantante Madonna, una de Barack Obama sobre una bandera estadounidense y otra de Bob Marley. Al regresar el conductor, me di cuenta de que en su camiseta lucía el retrato hiper reproducido del Che Guevara.
"¿Por qué Bin Laden?", le pregunté. "Porque es un gran revolucionario" "¿Y Obama?", insistí. "Él también es un gran revolucionario", dijo. Era razonable suponer que cuestionarlo sobre el Che y Marley no produciría respuestas muy diferentes.