Venezuela con V de Violencia

Venezuela con V de Violencia

Con 48 homicidios por cada 100 mil habitantes, es uno de los países más violentos de Latinoamérica.

Por: Oscar Medina / Caracas | Fecha: 10/05/11

 


Robert Monsalve lo mataron aquí pero su cuerpo está allá abajo
. Se ve muy claro: la gran mancha y las chispas rojas, oscuras, de sangre seca. A cuatro pasos de donde lo asesinaron está la puerta de una casa: gente que mira el ajetreo desde la seguridad de una reja. No vieron nada: "Todas las noches escuchamos disparos." Obvio, nadie se asoma cuando el plomo habla.


El rastro de sangre baja la cuesta. Es una línea sinuosa que va perdiendo color: el sol, el polvo, los automóviles, las motos, los perros, los curiosos. Todos le pasan por encima. Ninguna autoridad resguarda la escena del crimen: las series de televisión nos han mentido. En Venezuela, la palabra barrio tiene una connotación distinta al resto del continente: se refiere a una zona de pobreza, de bajo nivel económico. Y en el barrio, en este rincón de la vasta marginalidad de Caracas, en la vida real, las cosas son de otra manera, y sólo un ladrillo partido y una botella de cerveza ligera resguardan un casquillo de bala: la evidencia.


Robert está al final de su sangre: lo cubre una sábana vieja estampada con flores azules, la cabeza debajo de un carro destartalado y sin ruedas. Casi puedes atisbar el desprecio con el que fue arrojado ahí tras prolongar su agonía a lo largo de esta calle.

 

 


 

 



Es un domingo de marzo. Y, como siempre, el domingo es el día de contar muertos, la jornada en que los reporteros de sucesos, los de la nota roja, persiguen con afán la cifra que las autoridades niegan: ¿Cuántos asesinatos hubo en Caracas durante el fin de semana? ¿Cuántos en el resto del país? María Isoliett Iglesias, periodista del diario El Universal, está en eso. En la mañana ha seguido la ruta usual: apostarse un buen rato frente a la sede del Cuerpo de Investigaciones Científicas, Penales y Criminalísticas (CICPC), a esperar a que algún funcionario conocido le suelte al paso algún dato: hay uno aquí, otro en tal lugar, hemos contado tantos? Nada oficial: sólo eso, un comentario recibido a la sombra de un árbol en un terreno vecino a la sede policial donde, desde el año 2002, la prensa dejó de ser bienvenida tras la abrupta eliminación del salón en el que los reporteros tenían acceso al registro policial.


El otro punto de la ruta está en Colinas de Bello Monte, una zona de clase media alta, una colina llena de casas añosas y edificios de departamentos, donde está enclavada la morgue caraqueña. Y aquí se desarrolla un curioso trapicheo en el que la información, como el agua, encuentra siempre por donde fluir.


"Apúrate, que un zamuro me dijo que hay dos vía pública". Ése es el mensaje que recibo en el celular. En este contexto, "zamuro" no es el ave rapaz diurna que se alimenta de carroña de la que hablan los diccionarios. Los zamuros de la morgue son los que venden servicios funerarios a las familias que llegan a este lugar a buscar a sus muertos. El zamuro sabe cuando la furgoneta policial ha salido a recoger cadáveres. Y "dos vía pública" es eso: dos cuerpos tirados en la calle.


Y así vamos a dar al sector B, Las Casitas, en La Vega, donde esta historia comienza; luego de transitar por eso que llaman "la carretera negra", un lugar donde no quisieras estar en plena noche. Y al llegar esto es lo que se ve: casas con fachadas de colores estridentes, dos agentes de saco y corbata, un montón de curiosos, dos uniformados de la Guardia Nacional, la sangre que baja por la pendiente y se empoza, un perro sucio olisqueando y, unos pasos más arriba, el cuerpo de Robert.

 

 



 

 


"Cuidado, que si pisas la sangre del muerto, es de mala suerte"
, advierte la reportera María Isoliett Iglesias.


Nelson es el hermano de Robert. Sereno, cuenta que le han dicho que Robert estaba en una fiesta, que hubo una pelea, que hacía cinco días que no hablaba con él, que trabajaba como repartidor de pizzas, que no tiene idea ni de quién ni por qué lo mataron, que tenía tres hijos que viven con la ex esposa, que había otro joven que también murió, que eso fue en la madrugada y no sabe nada más.


Eva habla y te mira a los ojos. Y te das cuenta de que ese rostro tiene una expresión que has visto muchas veces en los noticieros de televisión: es la resignación de quien sabe que, estando en lugares como ése, llevando una vida como ésa, amanecer tiroteado en el asfalto es un final previsible. Eva es la madre de Robert. Ya pasó por esto hace 16 años, cuando asesinaron a Orwil Roberto, su otro hijo. Poco más puede aportar: "La gente no quiere contar nada, pero se ve que lo mataron arriba y lo arrastraron hasta aquí."


Ahí está: le sobresalen los pies, se ven los jeans, los zapatos marrones, los calcetines negros. A un costado quedaron los guantes quirúrgicos de algún agente. Y un ilde de Orunlá -una pulsera de cuentas verdes y amarillas característica de la santería- que ya está roto.


Los funcionarios presentes son parcos, esquivos. Presumen que haya sido un clásico de estos barrios donde los problemas se solucionan a pistola: ajuste de cuentas. A Robert le dieron una puñalada y tres balazos. Cabeza, cuello y abdomen: por ahí entró el plomo. La otra víctima era un militar, sargento del Ejército. Murió en un hospital.


A Robert lo dejaron tendido más o menos a las cinco de la madrugada. A las diez de la mañana seguía ahí. Antes de irnos camino a la morgue, me entregan un souvenir macabro: "Toma, tu primera concha (casquillo) de bala."