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Calzados Correa : Con el mundo a sus pies

Calzados Correa : Con el mundo a sus pies

En Buenos Aires se encuentra este taller con 55 años de historia, donde la calidad los acredita como artesanos del calzado

Por: Gabriel Muñoz Asquini | Fecha: 20/02/12

 

 

"NO ME INTERESA HACER MUCHOS ZAPATOS"


Calzados Correa se fundó en 1955, aunque en ese entonces se llamaba Zapatería Gascón, debido a que el local estaba ubicado sobre la calle del mismo nombre. En 1965, Félix optó por mudarse a la casa donde funcionan hoy, y recién en la década de los noventa decidieron cambiar el nombre.

 

La intención, desde el principio, era hacer un tipo de calzado con estilo propio, pero con la misma calidad de otras marcas de prestigio internacional, como John Lobb, Church´s, Crockett & Jones y Berluti.

 

Si bien durante todo este tiempo surgieron propuestas para la producción en masa, Dany asegura que jamás sucumbieron ante esa tentación. "A mí no me interesa hacer muchos zapatos. Me interesa hacer el mejor zapato. Además, con la producción en masa se perdería nuestra esencia y pasaríamos a ser una marca más en el mercado. Somos una empresa chica, pero damos pasos firmes".

 

Por eso en Calzados Correa no se elaboran más de ocho o nueve pares de zapatos estándar por día. "Y si se trata de un pedido a la medida, podemos tardar unos quince días en el caso de los mocasines, y entre tres y cuatro semanas con los zapatos de vestir", dice.

 

El proceso de fabricación de un par comienza con el cliente: "Los mejores son los que vienen con una idea definida de lo que quieren en cuanto a estilo y materiales. Si no es así, tratamos de sugerir lo mejor según su peso, el tamaño del pie, la forma de caminar, el lugar donde vive -si es de clima muy húmedo o seco- y los momentos en que los va a utilizar".

 

Todos estos datos van a dar luego a un cuaderno antiguo, de tapas duras, donde además se dibuja el contorno de cada pie y se anota el tipo de planta y de empeine.

 

A los diez días, si el cliente está en el país, se le solicita que haga una primera prueba, con el zapato a medio armar, para corregir detalles y terminar de darle forma.

 

"Para serte sincero, podríamos hacerlos en mucho menos tiempo, pero lo haríamos corriendo el riesgo de perder calidad. Para que te des una idea, nosotros trabajamos todo de forma natural. Por ejemplo, mojamos los cueros en agua y alcohol para que sea más simple la tarea de armarlos, y luego los dejamos secando el tiempo que haga falta. Para acelerar esa etapa podríamos utilizar hornos de secado; pero no lo hacemos porque terminaríamos cocinando el cuero y perdiendo la calidad que nos diferencia".

 

Ahora sí, Dany me invita al taller.

 

 


PROHIBIDO LLAMARLOS ZAPATEROS

 

"Somos una especie en extinción", bromea Dany, quien me deja claro que no son zapateros sino artesanos del calzado. Adentro, en el taller, todos parecen penitentes: están en silencio, inclinados cada uno sobre el zapato en el que trabajan.

 

En una de las habitaciones más amplias, cinco hombres trabajan separados por una mesa repleta de punzones, agujas, martillos, barras de acero afiladas y clavitos. Contra las paredes hay estantes llenos de hormas de madera. Y a un costado se ven cueros de distinto tipo, color y tamaño. El olor a cuero y pegamento es más intenso.

 

Ahora mi guía es Héctor Pelizoli, de 62 años, cuñado de Dany, artesano desde los 17. Su función es una de las más importantes: seleccionar y cortar las mejores partes del cuero.

 

Según me cuenta Héctor, para la confección de todos los productos ellos utilizan el sistema goodyear o de doble costura, y cueros flor, que son los de mayor calidad y que menos procesos tuvieron durante el curtido.

 

Me llama la atención un cuero de color rosa, con una mancha blanca en el centro, que está estirado en una de las puntas de su mesa de trabajo. "Es un cuero de mantarraya -dice Héctor, sin esperar que le pregunte-. Y también utilizamos de avestruz, ñandú, potro, cocodrilo y de cabra para las personas que padecen diabetes, ya que es un cuero mucho más flexible que los demás".

 

Los precios, vale decirlo, no son módicos; sin embargo, para la clase media alta y los extranjeros son muy accesibles, y más aún si tenemos en cuenta que un peso argentino equivale a 4.25 dólares (según el tipo de cambio a mediados de noviembre de 2011).

 

"Por ejemplo, un zapato hecho a la medida con cuero de mantarraya cuesta unos mil dólares, mientras que uno de cocodrilo vale hasta un 20 por ciento más. Por otra parte, uno de potro ronda los 500 dólares y uno estándar, de cuero de vaca, está entre los 300 y 400 dólares", comenta.

 

"¿Y quiénes usan esos zapatos?", le pregunto con cierta insistencia, pues sigo interesado en sus clientes.

 

Al igual que Dany, Héctor piensa un buen rato antes de responder. Me dice que hace un tiempo le vendieron unos de mantarraya a un cirujano plástico de Los Ángeles, Estados Unidos. Eran clásicos, de color marrón oscuro, con una mancha blanca en la capellada.

 

Luego, ya en el local de atención al público, y con Dany sumado a la charla, me explican casi al mismo tiempo que la decisión de aumentar el grado de reserva sobre los nombres de sus clientes surgió después de que se publicara una nota, en uno de los principales diarios argentinos, en la que se mencionaban demasiados detalles. Uno de esos detalles daba cuenta de que este lugar lo visitan representantes de la realeza europea, como el duque Federico Thyssen y el príncipe de España, Felipe de Borbón.

 

En el caso del heredero al trono de España, Dany contaba en esa nota que se le habían enviado dos pares. Uno de ellos era "picado, clásico, de color claro con patinado glaseado", mientras que el otro era "de becerro, de estilo prusiano, en color guinda y con una flor de lis en la punta". En la actualidad, el valor de esos zapatos se estima entre los 500 y 600 dólares el par.

 

Por fin tengo el dato del príncipe que viste Calzados Correa. Se trata de Maha Vajiralongkorn, de Tailandia. Dany asegura que la primera vez que este personaje vino a su local no tenía idea de quién era.

 

"Hablábamos en francés. La primera vez llegó, compró unos pares y se fue", recuerda Dany. "Luego volvió y me compró unos zapatos que yo había hecho para mí, con las iniciales dc grabadas en la suela. Finalmente, hace unos meses, como él no podía venir personalmente, envió a uno de sus empleados para que me dejara un par que necesitaba arreglo, y además una revista de su país en la que aparecía en la portada. Adentro le habían dedicado unas 23 páginas. Recién entonces comprendí de quién se trataba".

 

 


LA VIDA SIGUE, LLENA DE DETALLES


Es el mediodía de un miércoles de principios de septiembre. Dany está apurado porque tiene que hacer varios trámites.

 

"Yo puedo estar todo el día con un par de zapatos y a la noche me siento perfecto. Pero cuando tengo que andar entre los papeles, a las pocas horas me duele la cabeza y no tengo ánimo para nada más", me dice. Y se nota que le cambia el ánimo de sólo pensar en que debe abandonar los zapatos en los que está trabajando.

 

En el local, la familia Correa y algunos de sus empleados se preparan para la fotografía que les tomaremos detrás del mostrador principal. La idea es de Dany: quiere emular una vieja imagen que está colgada en la pared, junto a la cabeza del ciervo.

 

Mientras tanto, detrás de ellos y en una habitación que por sus dimensiones se parece a un pasillo, uno de los empleados graba con un hierro al rojo vivo el logotipo de la casa en la suela de los zapatos.

 

El diseño del sello es simple: el apellido del dueño rodeado por un óvalo.

 

El empleado lo mira con atención y se asegura de que cada contorno quede bien marcado. Al terminar lo deja a un costado y sigue con otro.

 

"Acá siempre trabajamos así -me dice otro empleado-, concentrados hasta en el más mínimo de los detalles".